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Mientras tanto, fray Rinaldo, que lo había oído todo y se había vestido a su sabor, tomó al niño en brazos y, en cuanto hubo ordenado las cosas a su manera, llamó diciendo: «Oíd, comadre, ¿no oigo yo a mi compadre, vuestro marido?» —«Sí, señor», respondió la simple; entonces el otro dijo: «Pues venid acá». El cornudo se le acercó, y fray Rinaldo le dijo: «Tomad a vuestro hijo, por la gracia de Dios, sano y salvo, cuando yo creía que no lo veríais con vida a vísperas; y procurad hacer una imagen de cera de su tamaño y ponerla, para alabanza y gloria de Dios, delante de la estatua de nuestro señor San Ambrosio, por cuya intercesión Él se ha dignado devolvérselo».
El niño, viendo a su padre, corrió hacia él y le acarició, como solían hacer los niños pequeños, mientras aquel, llorando, tomándole en sus brazos, no de otra manera que como si lo hubiese sacado del sepulcro, se dio a besarlo y a dar gracias a su compadre porque lo había curado.
Mientras tanto, el compañero de fray Rinaldo, que ya había enseñado a la sirvienta no uno, sino quizás más de cuatro padrenuestros, y le había dado una bolsita de hilo blanco que había recibido de una monja, y la había hecho su devota, oyendo que el cornudo llamaba a la puerta de la alcoba de su mujer, se había retirado sigilosamente a un lugar desde donde, sin ser visto, pudiera ver y oír lo que aconteciera; y al momento, viendo que todo había salido bien, bajó y, entrando en la cámara, dijo: —Fray Rinaldo, he despachado las cuatro oraciones que me mandaste decir. —Hermano mío —respondió el fraile—, tienes buen viento y lo has hecho bien; yo, por mi parte, no había dicho más que dos de ellas, cuando llegó mi compadre; pero Dios el Señor, con tu trabajo y el mío, nos ha mostrado tal favor que el niño está curado. Con esto, el cornudo hizo traer buenos vinos y confituras y agasajó a su compadre y al compañero de este con aquello de que tenían más necesidad que de otra cosa.
Luego, acompañándolos a la puerta, los encomendó a Dios y, haciendo hacer sin demora la imagen de cera, la mandó colgar con las demás[346] ante la estatua de San Ambrosio, pero no la de Milán.[347]
[346] _es decir_, los otros exvotos.
[347] Hay aquí, al parecer, alguna alusión satírica que no me comprometo a explicar.
CUENTO CUARTO
[Día Séptimo]
Tofano, una noche, deja a su mujer fuera de puertas; la cual, no logrando volver a entrar a fuerza de súplicas, finge arrojarse a un pozo y arroja en él una gran piedra. Tofano sale de casa y corre hacia allá; entonces ella se desliza dentro y, cerrándole la puerta, le grita reproches desde la ventana.
El rey no hubo bien percibido que la historia de Elisa había terminado, cuando, volviéndose sin demora hacia Lauretta, le significó su deseo de que ella contara la suya; y ella, sin vacilar, comenzó así: «Oh Amor, cuán grande y cuán vario es tu poder. ¡Cuántos son tus recursos y tus artimañas! ¿Qué filósofo, qué artífice[348] habría podido o podría enseñar esas estratagemas, esos ardides, esos subterfugios que tú, en el momento mismo, sugieres a quien sigue tus huellas? Ciertamente, toda otra enseñanza es torpe comparada con la tuya, como bien puede haberse comprendido por las artimañas ya referidas, y a las cuales, amables damas, añadiré una practicada por una mujer de ingenio harto simple, y tal que sé que solo Amor pudo enseñársela.
[348] Sinónimo de profesor de artes liberales (_artista_).
Hubo una vez, pues, en Arezzo, un hombre rico llamado Tofano, a quien fue dada por esposa una dama muy hermosa, de nombre doña Ghita, de la cual, sin saber por qué, pronto se volvió celoso. La dama, al darse cuenta de ello, se sintió ofendida y le preguntó una y otra vez la razón de sus celos; pero él no supo darle otra causa que no fueran generalidades y naderías; por lo cual a ella le vino a la mente la idea de hacerle morir de la enfermedad de la que él, sin motivo, tenía miedo. Así pues, percibiendo que un joven, que era muy de su gusto, suspiraba por ella, procedió con discreción a entenderse con él, y estando las cosas tan avanzadas entre ellos que solo faltaba dar con los hechos efecto a las palabras, buscó la manera de llevar esto también a cabo; por lo que, habiendo notado ya, entre las otras malas costumbres de su marido, que se deleitaba en beber, comenzó no solo a elogiárselo, sino que muchas veces lo incitaba a ello con astucia.
Esto se convirtió tanto en su costumbre que, casi cuandoquiera que a ella pluguiera, le hacía beber hasta la embriaguez, y acostándolo cuando lo veía bien borracho, se reunió por vez primera con su amante, con quien muchas veces después continuó haciéndolo con toda seguridad. Ciertamente, llegó a tener tal confianza en la borrachera de su marido, que no solo se atrevió a traer a su galán a casa, sino que a veces iba a pasar gran parte de la noche con él en su propia casa, que no estaba muy distante.
La enamorada dama continuando de esta guisa, acaeció que el desdichado marido llegó a percibir que ella, mientras le animaba a beber, empero, jamás bebía; por lo cual le tomó la sospecha de que podría ser como en verdad era, a saber: que ella le embriagaba para poder después hacer su voluntad mientras él dormía, y queriendo hacer prueba de ello, si así fuese, una noche, no habiendo bebido aquel día, se fingió, tanto en palabras como en modales, el más borracho que jamás fuese. La dama, creyéndolo y juzgando que no necesitaba más bebida, le acostó a toda prisa, y hecho esto, se encaminó, como solía hacer a las veces, a la casa de su amante, donde permaneció hasta la medianoche.
En cuanto a Tofano, no bien supo que la dama había salido de casa, se levantó al instante y, yendo a las puertas, las cerró por dentro; tras lo cual se apostó en la ventana, para poder verla regresar y mostrarle que se había percatado de sus mañas; y allí permaneció hasta que ella volvió. La dama, al regresar a casa y encontrarse con la puerta cerrada, se afligió sobremanera y comenzó a probar si podría lograr abrir la puerta por la fuerza; lo cual, después de que Tofano lo hubo consentido por un rato, le dijo: —Mujer, en vano te fatigas, porque no podrás volver a entrar aquí de ningún modo. Ve, regresa adonde has estado hasta ahora, y ten por seguro que jamás volverás allí hasta que te haya hecho, respecto a este asunto, el honor que te corresponde en presencia de tus parientes y de los vecinos.
La señora se puso a suplicarle por el amor de Dios que le pluguiera abrirle, pues no venía de donde él suponía, sino de velar con una vecina suya, porque las noches eran largas y no podía pasarlas todas durmiendo ni velar sola en casa. Pero sus plegarias no le aprovecharon nada, porque su bruto marido estaba decidido a que todos los aretinos supieran su vergüenza, aunque nadie lo sabía todavía; así que, viendo que las súplicas no le valían, recurrió a las amenazas y dijo: «Si no me abres, te haré el hombre más desdichado del mundo». «¿Y qué puedes hacerme?»
preguntó Tofano, y la señora Tessa, cuyo ingenio el Amor ya había aguzado con sus consejos, respondió: «Antes que sufrir la vergüenza que injustamente me harías padecer, me arrojaré a este pozo que está aquí cerca; donde, cuando me hallen muerta, no habrá quien no crea sino que tú, por tu gran embriaguez, me has arrojado en él; por lo cual te será necesario huir y perder todo cuanto tienes y permanecer desterrado, o que te corten la cabeza como mi asesino, que en verdad habrás sido».
Tofano en modo alguno se conmovió con estas palabras de su necio propósito; por lo cual ella le dijo: «Escucha ahora, ya no puedo soportar más este fastidio tuyo, ¡Dios te lo perdone! Mira que hagas guardar esta rueca mía que aquí dejo». Diciendo esto, siendo la noche tan oscura que apenas se podía ver al otro en el camino, se acercó al pozo y, tomando una gran piedra que allí yacía, gritó: «¡Dios me perdone!» y la dejó caer al agua. La piedra, al golpear el agua, hizo un gran ruido; cuando Tofano lo oyó, creyó verdaderamente que ella se había arrojado; por lo cual, tomando el cubo y la cuerda, salió corriendo de la casa y acudió al pozo para socorrerla. La dama, que se había escondido cerca de la puerta, no bien lo vio correr al pozo, se deslizó en la casa y se encerró; luego, asomándose a la ventana, dijo: «Deberías aguar tu vino cuando lo bebes, y no después y de noche».
Tofano, al oír esto, supo que había sido engañado y volvió a la puerta, pero no pudo lograr que le abrieran, y se puso a pedirle que le dejase entrar; mas ella, dejando de hablar en voz baja, como había hecho hasta entonces, comenzó, casi a gritos, a decir: «¡Por la cruz de Cristo, pesado borracho que eres, no entrarás aquí esta noche! No puedo soportar más tus costumbres; es preciso que todos vean qué clase de hombre eres y a qué hora vuelves a casa de noche». Tofano, por su parte, montando en cólera, comenzó a increparla y a vociferar; por lo que los vecinos, al oír el alboroto, se levantaron, tanto hombres como mujeres, y asomándose a las ventanas, preguntaron qué ocurría.
La señora respondió, llorando: «Es este miserable hombre, que aún vuelve a mí por la noche, borracho, o se duerme en las tabernas y después viene a casa a esta hora; lo cual he sufrido durante mucho tiempo, pero, no aprovechándome y no pudiendo soportarlo más, he pensado en avergonzarle por ello encerrándole fuera de la puerta, para ver si se enmienda de ello.»
Tofano, por otra parte, como el asno que era, les contó cómo estaba el caso y la amenazó gravemente; mas ella dijo a los vecinos: —Mirad qué hombre es. ¿Qué diríais si yo estuviera en la calle, como él, y él en casa, como yo? Por la fe de Dios, dudo que creyeseis que dice verdad. Por esto podéis juzgar de su entendimiento: dice que yo he hecho justamente lo que él mismo, a mi parecer, ha hecho. Pensó asustarme arrojando no sé qué al pozo; pero pluguiera a Dios que en verdad se hubiera arrojado allí y se hubiera ahogado, pues así habría regado bien el vino que ha bebido en exceso.
Los vecinos, así hombres como mujeres, se pusieron todos a culpar a Tofano, teniéndole por culpable, y le reprendieron por lo que había dicho contra la dama; y en poco tiempo el rumor se divulgó tanto de vecino en vecino que llegó a oídos de los parientes de la dama, los cuales vinieron allí y, oyendo la cosa de unos y otros, tomaron a Tofano y le dieron tal paliza que le rompieron todos los huesos del cuerpo. Luego, entrando en la casa, tomaron las pertenencias de la dama y se la llevaron consigo a su casa, amenazando a Tofano con algo peor. Éste, viéndose en mal estado y viendo que sus celos le habían conducido a tan triste situación, pues todavía quería a su mujer de todo corazón, procuró algunos amigos que intercedieran por él, y tanto hizo que logró hacer las paces con la dama y la tuvo de nuevo en casa consigo, prometiéndole que nunca más tendría celos.
Además, le dio licencia para hacer todo su gusto, con tal que lo hiciese tan discretamente que él no supiese nada de ello; y de esta guisa, como el necio villano que era, hizo las paces después de sufrir el daño. ¡Así viva el Amor y muera la guerra y toda su compañía!
[Nota 351: Lit. le deseaba todo su bien.]
QUINTA NOVELA
[Jornada Séptima]
UN MARIDO CELOSO, EN HÁBITO DE SACERDOTE, CONFIESA A SU MUJER, LA CUAL LE HACE CREER QUE AMA A UN SACERDOTE QUE VIENE A ELLA TODAS LAS NOCHES; Y MIENTRAS EL MARIDO GUARDA SECRETAMENTE LA PUERTA ESPERANDO A ÉSTE, LA DAMA INTRODUCE A UN AMANTE SUYO POR EL TEJADO Y YACE CON ÉL.
Habiendo puesto fin Lauretta a su cuento y habiendo todas alabado a la dama por lo que había hecho, bien y como convenía a su miserable marido, el rey, para no perder tiempo, se volvió a Fiammetta y cortésmente le impuso la carga de contar; por lo cual ella comenzó así: —Muy nobles damas, el cuento anterior me mueve a contaros, de igual manera, un marido celoso, pues considero, como hago, que todo lo que sus mujeres hacen a tales hombres —especialmente cuando son celosos sin causa— está bien hecho, y sostengo que, si los legisladores hubieran considerado todo, no habrían asignado otra pena a las mujeres que ofenden en esto que la que asignan a quien ofende a otro en defensa propia; porque los celosos son conspiradores contra la vida de las jóvenes y diligentísimos procuradores de su muerte.
Las esposas permanecen toda la semana encerradas en casa, ocupándose de las tareas domésticas y de las necesidades de sus familias y hogares, y después desearían, como todo el mundo, tener algún solaz y algún descanso en los días festivos y estar ociosas para tomar alguna diversión, tal como hacen los labradores del campo, los artesanos de las ciudades y los administradores de las leyes, siguiendo el ejemplo de Dios mismo, que el séptimo día descansó de todas Sus labores, y conforme a la intención de las leyes, tanto humanas como divinas, que, mirando por el honor de Dios y el bien común de todos, han distinguido los días laborables de los de reposo. Pero a esto los hombres celosos de ninguna manera quieren consentir; antes bien, aquellos días que son alegres para todas las demás mujeres los hacen más miserables y más tristes que los otros para sus esposas, manteniéndolas aún más estrechamente constreñidas y confinadas; y cuán gran miseria y languidez es esto para las pobres criaturas, sólo lo saben quienes lo han padecido.
Por lo cual, para concluir, digo que lo que una mujer hace a un marido que es celoso sin causa ciertamente no debe ser condenado, sino más bien alabado.
Había, pues, en Arimino un mercader, muy rico así en tierras como en dineros, que, teniendo por esposa a una dama muy hermosa, se volvió en extremo celoso de ella; ni tenía otra causa para ello sino que, como la amaba sobremanera y la tenía por muy hermosa y veía que ella se esforzaba con todas sus fuerzas por complacerle, así imaginaba que todos los hombres la amaban y que a todos parecía hermosa, y que asimismo se esforzaba por complacer a otros como le complacía a él; lo cual era razonamiento de un hombre de nada y de poco entendimiento.
Habiéndose vuelto así celoso, la vigilaba tan estrechamente y la tenía en tal encierro, que probablemente muchos de aquellos condenados a muerte están menos estrictamente custodiados por sus carceleros; pues, lejos de tener libertad para ir a bodas, fiestas o a la iglesia, o siquiera para poner un pie fuera de casa, no se atrevía ni a asomarse a la ventana ni a mirar al exterior en ocasión alguna; por lo cual su vida era desdichadísima, y soportaba esta molestia con tanto mayor impaciencia cuanto menos culpable se sentía. Así, viéndose injustamente sospechosa para su marido, determinó, para su propio solaz, encontrar un medio (si acaso pudiera) de obrar de tal manera que él tuviera razón en su maltrato hacia ella.
Y por cuanto no podía asomarse a la ventana y así no tenía ocasión de mostrarse favorable a la corte de quienquiera que, al pasar por su calle, la notase y la cortejase,—sabiendo que en la casa vecina moraba un joven apuesto y agradable,—pensó en mirar si había algún agujero en la pared que separaba las dos casas y, a través de él, espiar una y otra vez hasta que pudiese ver al mencionado joven y hallar ocasión de hablarle y de otorgarle su amor, si él lo aceptase, proponiéndose, de encontrarse algún medio, reunirse con él de cuando en cuando y de esta manera pasar su triste vida hasta que el demonio [de los celos] se apartase de su marido.
En consecuencia, anduvo espiando por los muros de la casa, ya en una parte, ya en otra, cuando su marido estaba fuera, y dio al fin con un lugar muy escondido donde la pared estaba algo abierta por una grieta; y mirando a través de ella, aunque apenas podía distinguir lo que había al otro lado, con todo percibió que la abertura daba a un dormitorio, y dijo para sí: «Si ésta fuera la cámara de Filippo, es decir, del joven su vecino, llevaría yo medio camino andado». Luego, haciendo que una doncella suya, que se compadecía de ella, se informara secretamente de ello, halló que el joven dormía, en efecto, en aquella cámara completamente solo; por lo cual, a fuerza de visitar a menudo la grieta y de dejar caer guijarros y otras menudencias semejantes, cuando advertía que él estaba allí, obró de tal suerte que él acudió a la abertura para ver qué era lo que pasaba; y entonces ella le llamó en voz baja.
Él, conociendo su voz, le respondió, y ella, aprovechando la ocasión, le descubrió brevemente todo su pensamiento; con lo cual el joven quedó muy contento y se ingenió para agrandar el agujero desde su lado de manera que nadie pudiera percibirlo; y por allí muchas veces se hablaron y se tocaron las manos, pero no pudieron pasar adelante, por la celosa vigilancia del marido.
Pasado un tiempo, acercándose la fiesta de la Natividad, la dama dijo a su marido que, si a él le placía, querría ir a la iglesia la mañana de Navidad a confesarse y comulgar, como hacían los demás cristianos. Dijo él: «¿Y qué pecado has cometido para querer confesarte?» «¿Cómo?», respondió la dama. «¿Piensas que soy una santa porque me tienes encerrada? Has de saber bien que cometo pecados como todos los que viven en este mundo; pero no te los diré a ti, porque no eres sacerdote.»
El miserable celoso concibió sospechas con estas palabras y determinó procurar saber qué pecados había cometido; por lo cual, habiendo pensado en un medio para conseguir su fin, respondió que se daba por satisfecho, pero que quería que ella no fuese a otra iglesia que a la capilla de su parroquia, y que allí debía ir temprano por la mañana y confesarse con su capellán o con el sacerdote que éste le designase, y con ningún otro, y que en seguida volviese a casa. Parecióle a ella que comprendía a medias su intención; mas sin decir otra cosa, respondió que haría lo que él decía.
Así, llegado el día de Navidad, la dama se levantó al amanecer y, ataviándose, se dirigió a la iglesia que su marido le había señalado; el cual, por su parte, se encaminó al mismo lugar y llegó antes que ella. Habiendo ya concertado con el capellán lo que pensaba hacer, se vistió apresuradamente uno de los hábitos de este, con una gran capucha caída, como las que vemos usar a los sacerdotes, y echándose el capuz un poco sobre el rostro, se sentó en el coro. La dama, al entrar en la capilla, preguntó por el capellán; el cual, viniendo y oyendo de ella que quería confesarse, dijo que no podía oírla, pero que le enviaría a uno de sus hermanos. Y así, alejándose, le envió al celoso, en hora mala para este, el cual se acercó con aire muy grave; y aunque el día no era demasiado claro y se había echado el capuz muy sobre los ojos, no supo disfrazarse tan bien que la dama no lo reconociese fácilmente; la cual, viendo esto, dijo para sí: «¡Alabado sea Dios!»
De hombre celoso se ha vuelto sacerdote; pero no importa; yo le daré incluso lo que va buscando.