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La dama, aunque cada hora se le hacía mil hasta que estuviera con él, deseosa de darle mayor seguridad y de cumplir lo que le había prometido, fingió un día estar indispuesta; y cuando Nicostrato, sin llevar consigo a nadie más que a Pirro, la visitó después de comer, les rogó que, para aliviar su malestar, la ayudaran a ir al jardín. Así, tomándola Nicostrato de un lado y Pirro del otro, la llevaron al jardín y la sentaron sobre un césped, al pie de un hermoso peral; donde, después de haber estado un rato sentados, la dama, que ya había hecho saber a su galán lo que tenía que hacer, dijo: —Pirro, tengo gran deseo de comer de aquellas peras; trepa y échanos algunas. Pirro trepó al punto al árbol y se puso a arrojar peras; y mientras lo hacía, comenzó a decir: —¿Cómo es esto, mi señor? ¿Qué hace usted? ¿Y usted, señora, no se avergüenza de consentirlo en mi presencia?
¿Pensáis que estoy ciego? Mas ahora estabais muy descompuesto; ¿cómo es que tan pronto os habéis recobrado para hacer tales cosas? Si tenéis ánimo para esto, tenéis abundancia de buenas cámaras; ¿por qué no lo hacéis en una de ellas? Más decoroso sería que en mi presencia.
La dama se volvió a su marido y dijo: «¿Qué dice Pirro? ¿Delira?» —«No, señora —respondió el joven—, no deliro. ¿Pensáis que no puedo ver?» En cuanto a Nicóstrato, maravillóse en gran manera y dijo: «En verdad, Pirro, me parece que sueñas.» —«Mi señor —replicó Pirro—, no sueño ni un ápice, ni vos soñáis; antes bien, os movéis de tal guisa que si este árbol hiciese lo mismo, no quedaría una pera en él.» Dijo la dama: «¿Qué puede ser esto? ¿Será posible que lo que dice le parezca a él verdadero? Así Dios me salve, que si estuviese sana como antes estaba, me subiría al árbol para ver qué maravillas son esas que este mozo dice que ve.» Entretanto Pirro, desde lo alto del peral, seguía diciendo lo mismo y manteniendo el fingimiento; por lo cual Nicóstrato le mandó bajar. Así pues, bajó y su amo le dijo: «Ahora, ¿qué dices que viste?» —«Me parece —respondió él— que me tomáis por un mentecato o por un zote.»
Ya que he de decirlo, te vi encima de tu dama, y después, al bajar, te vi levantarte y sentarte donde ahora estás.» «Ciertamente —dijo Nicóstrato—, desvarías; pues no nos hemos movido un ápice, tal como ves, desde que subiste al peral.» A lo que dijo Pirro: «¿Qué aprovecha hablar del asunto? Ciertamente te vi; y si te vi, fue encima de la tuya.»
Nicostratus se maravillaba a cada momento más y más, hasta el punto de que dijo: —Preciso me es ver si este peral está encantado y si quien se sube a él ve maravillas. Dicho esto, trepó al árbol y apenas hubo llegado a la copa, la dama y Pyrrhus se pusieron a solazarse juntos; lo cual, en viéndolo Nicostratus, comenzó a gritar, diciendo: —¡Ah, mujer vil que eres, qué es esto que haces? Y tú, Pyrrhus, en quien yo más confiaba. Así diciendo, se dispuso a bajar del árbol, mientras los amantes decían: «Aquí estamos sentados»; luego, al verlo descender, se volvieron a sentar donde él los había dejado. Apenas estuvo abajo y vio a su mujer y a Pyrrhus donde los había dejado, se puso a increparlos; entonces dijo Pyrrhus: —Ahora, en verdad, Nicostratus, reconozco que, como dijiste antes, yo debí de haber visto falsamente mientras estaba en el peral, y no lo sé de otro modo sino por esto: que veo y conozco que tú mismo has visto falsamente en el caso semejante.
Y que yo digo la verdad, nada más sería menester para certificároslo sino que atendáis a las circunstancias del caso y consideréis si es posible que vuestra dama, que es la más virtuosa de las mujeres y más discreta que cualquier otra de su sexo, pudiera, si tuviera intención de agraviaros de tal guisa, llegar a hacerlo ante vuestros propios ojos. No hablo de mí, que preferiría dejarme despedazar miembro a miembro antes que pensar siquiera en tal cosa, cuanto más llegar a hacerlo en vuestra presencia. Por lo cual la culpa de este yerro de visión debe necesariamente provenir del peral, pues todo el mundo no me habría hecho creer sino que estabais en acto de tener conocimiento carnal de vuestra dama, si no os hubiera oído decir que a vos mismo os pareció que yo hacía lo que sé con toda certeza que jamás pensé, y mucho menos hice.
Entonces la dama, fingiendo estar muy indignada, se puso en pie y dijo: «Mala ventura te alcance; ¿tan poco juicio me supones que, si tuviera intención de tales sucias costumbres como las que tú quisieras hacernos creer que viste, habría de venir a hacerlas ante tus mismos ojos? Ten por seguro que, si tal capricho me viniera, no vendría aquí; a fe mía, me parece que tendría entendimiento bastante para ingeniarlo en una de nuestras cámaras, de tal guisa y manera que me parecería cosa extraordinaria que llegaras a saberlo.» Nicostrato, pareciéndole que la dama y Pirro decían verdad, a saber, que jamás se habrían aventurado a tal acto allí delante de él, abandonó las palabras y los reproches y se puso a discurrir sobre la extrañeza del hecho y el milagro de la visión, la cual así se mudaba para quienquiera que subiese al peral.
Pero su mujer, fingiéndose disgustada por el mal concepto que él había mostrado de ella, dijo: «En verdad, este peral nunca más, si yo puedo evitarlo, causará a mí ni a otra dama semejante afrenta; por lo cual corre, Pirro, y trae un hacha y de un solo golpe véngate a ti y a mí cortándolo; aunque sería mejor aún descargarlo sobre la cabeza de Nicóstrato, quien, sin consideración alguna, permitió que los ojos de su entendimiento se cegaran tan presto, pues por muy cierto que aquello que dijiste pudiera parecer a los que tienes en tu cabeza, no deberías por nada del mundo, en el juicio de tu mente, haber creído ni consentido que tal cosa pudiera ser.»
Pirro tomó muy presto el hacha y taló el árbol, el cual, cuando la dama lo vio caído, dijo a Nicostrato: —Puesto que veo derribado al enemigo de mi honra, mi cólera ha pasado—, y perdonó graciosamente a su marido, que se lo suplicaba, encargándole que jamás le volviera a ocurrir presumir tal cosa de ella, que le amaba más que a sí misma. Así, el mísero marido, engañado de este modo, volvió con ella y su amante al palacio, donde muchas veces después Pirro se deleitó y gozó más a gusto de Lidia, y ella de él. ¡Dios nos conceda otro tanto!
DÉCIMA NOVELA
[Jornada Séptima]
Dos sieneses aman a una dama, que es comadre de uno de ellos; muere éste y, volviendo a su compañero, conforme a la promesa que le hiciera, le cuenta cómo les va en el otro mundo a las gentes.
Capítulo 57: Parte 57 Segmento 10 de 30.
Solo restaba que el rey hablase, y así, tan pronto como vio calmadas a las damas, que lamentaban la tala del inocente peral, comenzó: «Es cosa muy manifiesta que todo rey justo debe ser el primero en observar las leyes por él establecidas, y si obrase de otro modo, debe ser juzgado como esclavo merecedor de castigo y no como rey; en cuya falta y bajo cuyo reproche yo, que soy vuestro rey, me veo en cierto modo obligado a caer. Verdad es que ayer establecí la ley para las disertaciones de hoy, con propósito de no hacer uso este día de mi privilegio, sino, sometiéndome a la misma obligación que vosotras, disertar sobre aquello de que todas habéis disertado.
Sin embargo, no sólo se ha contado aquella historia que yo había pensado contar, sino que se han dicho tantas otras cosas y mucho más hermosas sobre el asunto, que por mi parte, por más que registre mi memoria, no puedo recordar nada y debo confesarme incapaz de decir algo sobre semejante tema que pueda compararse con las historias ya contadas. Por lo cual, debiendo yo transgredir la ley hecha por mí mismo, me declaro de antemano dispuesto, como quien merece castigo, a someterme a cualquier pena que me sea impuesta, y así recurrir a mi acostumbrado privilegio. Así pues, carísimas damas, digo que la historia de Elisa sobre fray Rinaldo y su comadre, y asimismo la sencillez de los sieneses, tienen tal eficacia que me inducen, dejando aparte los engaños hechos a los maridos necios por sus astutas esposas, a contaros una breve historieta sobre ellos,[357] la cual, aunque contenga no poco de aquello que no debe creerse, sin embargo, al menos en parte, será agradable de oír.
Había, pues, en Siena dos jóvenes del pueblo, de los cuales uno se llamaba Tingoccio Mini y el otro Meuccio di Tura; moraban en Porta Salaja y casi nunca se acompañaban salvo el uno con el otro. A todas luces se amaban sobremanera, y concurriendo, como los hombres suelen, a iglesias y sermones, muchas veces habían oído contar de la felicidad y de la miseria que, según sus merecimientos, son asignadas en el otro mundo a las almas de los que mueren; de las cuales cosas deseando tener noticia cierta y no hallando manera alguna, se prometieron el uno al otro que el que de ellos muriese primero, si le fuera posible, volvería al que quedara con vida y le daría noticias de aquello que quisiera saber; y esto confirmaron con un juramento.
Habiendo llegado a este acuerdo y continuando aún juntos, como se ha dicho, aconteció que Tingoccio fuese padrino de un niño que un tal Ambruogio Anselmini, morador de Campo Reggi, había tenido de su mujer, llamada doña Mita; y visitando de cuando en cuando, junto con Meuccio, a su comadre, que era muy bella y amable dama, se enamoró de ella, no obstante el compadrazgo. Meuccio, de igual manera, oyéndola encarecer mucho a su amigo y siendo él mismo muy complacido con ella, se enamoró de ella, y cada uno ocultaba su amor al otro, mas no por una misma razón. Tingoccio se cuidaba mucho de descubrirlo a Meuccio, por la mala obra que le parecía cometer amando a su comadre, y por la vergüenza que le daría que alguien llegara a saberlo.
Meuccio, por su parte, se guardó de ello, pues ya había advertido que la dama placía a Tingoccio; por lo cual dijo para sí: 'Si se lo descubro, se volverá celoso de mí, y pudiendo, como compadre suyo, hablarle a su antojo, hará, en cuanto pueda, que caiga en desgracia con ella, y así jamás tendré de ella cosa que me plazca.'
[Nota 358: es decir, de descubrir a su amigo su inclinación por la dama.]
Estando las cosas en este punto, aconteció que Tingoccio, teniendo más tiempo para descubrir a la dama todos sus deseos, con obras y palabras se las ingenió de tal manera que logró de ella su voluntad; de lo cual Meuccio bien pronto se percató, y aunque le pesó en el alma, esperando alcanzar algún día su propio deseo, fingió no saberlo, para que Tingoccio no tuviese causa u ocasión de hacerle una mala pasada o de estorbarle en alguno de sus asuntos. Amando así los dos amigos, el uno con más ventura que el otro, aconteció que Tingoccio, por hallar la tierra del dominio de su comadre blanda y fácil de labrar, tanto cavó y trabajó en ella, que le sobrevino una enfermedad que, pasados algunos días, se le agravó tanto que, no pudiendo soportarla, dejó esta vida. Al tercer día después de su muerte (porque quizá antes no había podido), vino de noche, según lo prometido, a la cámara de Meuccio y llamó a este, que dormía a pierna suelta. Meuccio despertó y dijo: «¿Quién eres?»
A lo cual él respondió: —Soy Tingoccio, que, según la promesa que te hice, he vuelto a ti para darte noticias del otro mundo.
Meuccio se atemorizó un tanto al verle; sin embargo, recobrando ánimo, —Bienvenido seas, hermano mío —dijo, y al punto le preguntó si estaba perdido. —Perdidas son las cosas que no se encuentran —respondió Tingoccio—; ¿y cómo estaría yo aquí si estuviera perdido? —¡Ay! —exclamó Meuccio—. No digo eso; antes pregunto si estás entre las almas condenadas en el fuego vengador del infierno. —En cuanto a eso, no —respondió Tingoccio—; pero estoy, no obstante, en gravísimo y angustioso tormento por los pecados cometidos por mí. Meuccio le preguntó entonces particularmente qué castigos se otorgaban en el otro mundo por cada uno de los pecados que la gente suele cometer aquí abajo, y él se los dijo todos. Después de esto, Meuccio le preguntó si había algo que pudiera hacer por él en este mundo, a lo que Tingoccio respondió que sí, a saber: que mandara decir por él misas y oraciones y diera limosna en su nombre, pues estas cosas eran muy provechosas para los que moraban allá.
Meuccio dijo que lo haría de buena gana, y ofreciéndose Tingoccio a despedirse de él, acordóse de los amores de éste con su comadre y, alzando la cabeza, dijo: —Ahora que me acuerdo, Tingoccio, ¿qué pena te dan allá por tu comadre, con quien te acostaste cuando estabas aquí abajo? —Hermano mío— respondió Tingoccio—, cuando llegué allá, hubo uno que parecía saber todos mis pecados de memoria y me mandó ir a cierto lugar, donde lloré mis culpas con gravísimo tormento, y donde hallé muchos compañeros condenados a la misma penitencia que yo.
Capítulo 57: Parte 57 Segmento 19 de 30.
Estando entre ellos y acordándome de aquello que antaño hiciera con mi comadre, esperaba por ello un castigo mucho más duro que el que entonces me habían dado, y temblaba todo de miedo, aunque me hallaba en un gran fuego y muy ardiente; lo cual, uno que estaba a mi lado, percibiéndolo, me dijo: «¿Qué te aflige más que a todos los otros que aquí están, que así tiemblas, estando en el fuego?» —«A fe —dije yo—, amigo mío, estoy muy atemorizado por la sentencia que espero a causa de un grave pecado que cometí en otro tiempo.» El otro me preguntó cuál era aquel pecado, y yo respondí: «Fue que me acosté con una comadre mía, y con tal venganza que me costó la vida»; y entonces él, burlándose de mi miedo, dijo: «Anda, necio; no temas. Aquí no se hace cuenta alguna de comadres.» Lo cual, cuando oí, quedé del todo tranquilizado.» Dicho esto, y acercándose el día, «Meuccio —dijo él—, quédate con Dios, que ya no puedo estar más contigo», y desapareció de pronto.
Meuccio, oyendo que en el otro mundo no se tomaba cuenta de las comadres, comenzó a burlarse de su propia simplicidad, por cuanto había perdonado a varias de ellas; por lo cual, deponiendo su ignorancia, se volvió más sabio en ese aspecto para el futuro. Lo cual si fray Rinaldo hubiera sabido, no habría tenido necesidad de andar silogizando,[359] cuando convirtió a su buena comadre a su placer.
[359: O, en lenguaje moderno, hacer silogismos capciosos (_sillogizzando_).]
* * * * *
Ya se había levantado Céfiro, pues el sol se acercaba al ocaso, cuando el rey, habiendo puesto fin a su cuento y no quedándole ya otro que contar, se quitó la corona de su cabeza y la puso sobre la de Lauretta, diciendo: —Señora, con vos misma os corono reina de nuestra compañía; disponed, pues, de ahora en adelante, como señora soberana, lo que juzguéis que sea para el placer y solaz de todos. Dicho esto, volvió a sentarse, y entonces Lauretta, convertida en reina, hizo llamar al senescal y le mandó que procurase que las mesas se pusiesen en el ameno valle algo más temprano de lo acostumbrado, para que pudiesen volver al palacio a su placer; después de lo cual le instruyó sobre lo que había de hacer mientras durara su soberanía.
Entonces, volviéndose a la compañía, dijo:
—Dioneo dispuso ayer que hoy discurriéramos sobre los engaños que las mujeres hacen a sus maridos; y si no fuese que me repugna mostrarme de la raza de los perros mordedores, que al instante ansían vengarse de cualquier afrenta que se les haga, diría que la plática de mañana debería versar sobre los engaños que los hombres hacen a sus mujeres. Pero, dejando eso aparte, ordeno que cada cual piense en contar DE LOS ENGAÑOS QUE TODO EL DÍA HACEN LAS MUJERES A LOS HOMBRES, O LOS HOMBRES A LAS MUJERES, O LOS HOMBRES UNOS A OTROS; y no dudo de que en esto habrá de tan agradable discurso no menos del que ha habido hoy.
Dicho esto, se levantó y despidió a la compañía hasta la hora de la cena.
Así pues, todos, damas y varones, se levantaron y algunos comenzaron a andar descalzos por el agua clara, mientras otros se fueron a solazar por la pradera entre los árboles derechos y hermosos. Dioneo y Fiammetta cantaron juntos largo rato acerca de Arcite y Palemón, y de esta manera, tomando variados y diversos deleites, pasaron el tiempo con la mayor satisfacción hasta la hora de la cena; llegada la cual, se sentaron a la mesa junto a la lagunilla, y allí, al canto de mil pájaros, aún refrescados por una suave brisa que venía de las colinas circundantes, y sin ser molestados por mosca alguna, cenaron en paz y alegría.
Entonces, quitadas las mesas y estando el sol aún a media vísperas[362] de altura, después de haber andado un rato alrededor del agradable valle, volvieron a encaminarse, tal como plugo a su reina, con lentos pasos hacia su acostumbrada morada, y bromeando y charlando mil cosas, tanto de lo que aquel día se había discurrido como de otras, llegaron cerca del anochecer al hermoso palacio, donde, habiendo disipado con los más frescos vinos y confituras las fatigas del breve paseo, se pusieron luego a bailar en torno a la hermosa fuente, cantando[363] ya al son de la gaita de Tindaro y ya al de otros instrumentos. Pero, al cabo de un rato, la reina mandó a Filomena cantar una canción, y ella comenzó así:
Nota 363: _Carolando_, es decir, bailando en corro y cantando a la vez, significado original de la palabra inglesa "carol."
¡Ay, mi vida desolada! ¿Será que alguna vez recobre el estado de donde la triste fortuna me ha arrancado?
Cierto es que no lo sé; tal deseo de fuego llevo en mi pensamiento de hallarme donde, ¡ay!, estuve antaño. Oh mi tesoro amado, tú mi único deseo, que tienes mi corazón enajenado, dímelo tú; pues no sé ni me atrevo a preguntarlo en otro lugar. ¡Ah, mi querido señor, dame esperanza de nuevo, para que mi espíritu, cansado del camino, se consuele.
Cuál fue el encanto, no puedo decir bien, que tal llama encendió en mí de amor, que reposo ni de día ni de noche hallo; pues por algún fuerte extraño hechizo, el oído y el tacto y la vista, cada cual, nuevos fuegos en mí encendieron, en los cuales me quemo por entero; ni nadie sino tú puede aliviar mi pena ni devolverme los sentidos, por amor vencido.
Oh dime si y cuándo, entonces, será que te halle alguna vez allí donde besé aquellos ojos que me mataron. Oh mi querido bien, mi alma, ay, dímelo, cuándo volverás allí, y diciendo «pronto», consuela mi desmayo algo. Corta sea la espera hasta que vengas, y largo tiempo permanezcas! estoy tan enamorado que no me importa el desdén de los hombres.
Si otra vez logro tenerte en mi poder, no seré tan necio como antes fui al dejarte volar; no, firme te tendré, caiga lo que caiga, y teniéndote en mi poder, de tu dulce boca mi deseo saciaré. Ya de nada más hablaré. Ven, apresúrate, estrecha tu pecho contra el mío; el solo pensamiento me hace cantar como alondra al alba.
Esta canción hizo que toda la compañía concluyera que un amor nuevo y deleitoso tenía a Filomena en sus lazos, y como por las palabras parecía que había gustado de él más que de la sola vista, fue envidiada por algunos de los presentes, que la tuvieron por ello tanto más feliz. Pero, terminada su canción, la reina, recordando que el día siguiente era viernes, les habló a todos con gracia así: «Sabéis, nobles damas, y también vosotros, jóvenes, que mañana es el día consagrado a la pasión de nuestro Señor, el cual, si bien recordáis, cuando Neifile era reina celebramos devotamente y en él dimos pausa a nuestros deleitosos discursos, y de igual modo hicimos con el sábado siguiente. Por lo cual, queriendo seguir el buen ejemplo que nos dio Neifile, tengo por conveniente que mañana y el día siguiente nos abstengamos, tal como hicimos hace una semana, de nuestros placenteros cuentos, trayendo a la memoria aquello que en esos días aconteció otrora para la salvación de nuestras almas».
El piadoso discurso de la reina agradó a todos, y pasada ya buena parte de la noche, todos, despedidos por ella, se retiraron a descansar.
AQUÍ ACABA LA SÉPTIMA JORNADA DEL DECAMERÓN
_Jornada Octava_
AQUÍ COMIENZA LA OCTAVA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE LAURETTA, SE DISCURRE SOBRE LAS BURLAS QUE DURANTE TODO EL DÍA HACEN LAS MUJERES A LOS HOMBRES, O LOS HOMBRES A LAS MUJERES, O LOS HOMBRES UNOS A OTROS.
Ya en la mañana del domingo, los rayos de la luz naciente aparecían en las cumbres de los montes más altos, y habiendo desaparecido toda sombra, las cosas podían discernirse manifiestamente, cuando la reina, levantándose con su compañía, se fue a pasear primero por la hierba cubierta de rocío y después, hacia media tercia, visitando una pequeña iglesia vecina, oyó allí el servicio divino; luego, volviendo a casa, comieron con alegría y regocijo, y después cantaron y bailaron un rato hasta que la reina los despidió, de modo que quien quisiera pudiera ir a descansar. Pero, cuando el sol hubo pasado el mediodía, todos se sentaron, según plugo a la reina, cerca de la hermosa fuente, para el acostumbrado contar de historias, y Neifile, por mandato suyo, comenzó así:
LA PRIMERA HISTORIA
[Jornada Octava]