Español
Calandrino, como el simple que era, oyendo contar a Maso todo aquello con aire seguro y sin reírse, dio tal crédito a sus palabras como se puede dar a cualquier verdad manifiesta; y, teniéndolo por cierto, dijo:
—Eso queda demasiado lejos para mi dinero; aunque, si estuviera más cerca, te aseguro que iría contigo alguna vez, aunque sólo fuera para ver los maccarrones venir rodando cuesta abajo y hartarme de ellos. Pero dime, que Dios te conserve alegre, ¿no hay ninguna de esas piedras milagrosas por estas tierras?
—Ay está —respondió Maso—; hay aquí dos clases de piedras de grandísima virtud: las primeras son los asperones de Settignano y de Montisci, por virtud de los cuales, cuando se labran en muelas de molino, se hace harina; por lo que se dice en aquellas tierras que la gracia viene de Dios y las muelas de Montisci. Pero hay tan gran abundancia de estos asperones que entre nosotros son tan poco estimados como las esmeraldas entre las gentes de allá, donde tienen montañas de ellos mayores que el Monte Morello, que relucen en mitad de la noche, te lo aseguro. Y has de saber que quienquiera que hiciera engarzar muelas finas y perfectas, antes de ser horadadas, en anillos y las llevara al Soldán, podría obtener por ellas cuanto quisiera. La otra es la que nosotros los lapidarios llamamos heliotropo, piedra de virtud sobremanera grande, pues quien la lleva consigo no es visto de ninguna otra persona donde no está, mientras la tiene.
—En verdad —dijo Calandrino—, estas son grandes virtudes; pero ¿dónde se encuentra esta segunda piedra? A lo que Maso respondió que se hallaba comúnmente en el Mugnone. —¿Qué grandeza tiene esta piedra? —preguntó Calandrino— ¿y de qué color es? Respondió Maso: —Es de varios tamaños, unos mayores y otros menores; pero todas son casi negras de color.
Calandrino guardó todo aquello en su memoria y, fingiendo tener otra cosa que hacer, se despidió de Maso, resuelto en su interior a ir a buscar la piedra en cuestión; mas pensó no hacerlo sin que Bruno y Buffalmacco, a quienes apreciaba muy especialmente, lo supieran. Por lo cual se puso a buscarlos para que, sin dilación y antes que ningún otro, emprendieran la búsqueda, y pasó todo el resto de la mañana buscándolos. Por fin, pasada la hora de nona, recordó que estaban trabajando en el convento de las monjas de Faenza y, dejando todos sus otros asuntos, se encaminó allá casi a la carrera, no obstante el gran calor.
Apenas los vio, los llamó y les dijo así: —Camaradas, si queréis escucharme, podemos llegar a ser los hombres más ricos de toda Florencia, pues he sabido de un hombre digno de crédito que en el Mugnone se encuentra una piedra que quien la lleva consigo no es visto de nadie; por lo cual me parece que será mejor que vayamos allá a buscarla sin dilación, antes de que alguien se nos adelante. Ciertamente la hallaremos, pues la conozco bien, y una vez que la tengamos, ¿qué hemos de hacer sino ponerla en nuestra alforja y, dirigiéndonos a las mesas de los cambistas, que sabéis que están siempre cargadas de gruesos y florines, tomar de allí cuanto queramos? Nadie nos verá, y así podremos enriquecernos de repente, sin tener que embadurnar paredes todo el día, a la manera de los caracoles.
Bruno y Buffalmacco, al oír esto, se echaron a reír para sus adentros y, mirándose de reojo, hicieron muestra de grandísimo asombro y elogiaron el consejo de Calandrino; pero Bruno preguntó cómo se llamaba la piedra en cuestión. Calandrino, que era un hombre de cortos alcances, ya había olvidado el nombre, por lo que dijo: «¿Qué tenemos que ver con el nombre, ya que conocemos la virtud de la piedra? Me parece que lo mejor será ir a buscar la piedra sin más preámbulos.» «Pues bien», dijo Bruno, «¿qué forma tiene?» «Es de todas las formas», respondió Calandrino; «pero todas son casi negras; por lo que me parece que lo que tenemos que hacer es recoger todas las piedras negras que veamos, hasta dar con la correcta. Así que no perdamos tiempo y pongámonos en camino.»
—Aguarda un poco —dijo Bruno, y volviéndose a su compañero, dijo—: Paréceme que Calandrino dice bien; mas paréceme que no es esta sazón para la busca, porque el sol está alto y da de lleno sobre el Mugnone, donde ha secado todas las piedras, de manera que algunas de las que allí hay parecen ahora blancas, las cuales, de mañana, antes que el sol las haya secado, se muestran negras; y más porque, siendo hoy día de trabajo, hay mucha gente que por una u otra razón anda por las riberas, quienes, viéndonos, podrían adivinar lo que andamos haciendo y quizá hacer lo mismo, con lo cual la piedra podría venir a sus manos y habremos perdido el trote por el paso. Paréceme (si tú eres del mismo parecer) que este es negocio para emprender de mañana, cuando lo negro pueda mejor conocerse de lo blanco, y en día festivo, cuando no habrá nadie allí para vernos.
Buffalmacco elogió el consejo de Bruno, y Calandrino accedió a ello; por lo que convinieron en ir los tres a buscar la piedra en la mañana del domingo siguiente, y Calandrino les rogó, por encima de todo, que no dijeran palabra del asunto a ningún ser vivo, pues se lo habían comunicado en confianza; y después les contó lo que había oído decir acerca de la tierra de Bengodi, afirmando con juramento que era tal como decía. Tan pronto como se hubo despedido, los otros dos se pusieron de acuerdo entre sí sobre lo que debían hacer en el asunto, y Calandrino esperó impacientemente la mañana del domingo; llegada la cual, se levantó al romper el día y llamó a sus amigos, con quienes salió de la ciudad por la puerta de San Gallo y, bajando al lecho del Mugnone, comenzó a ir buscando la piedra corriente abajo.
Calandrino, como el más ansioso de los tres, iba delante, brincando ágilmente de un lado a otro, y cada vez que divisaba alguna piedra negra, se abalanzaba sobre ella y, recogiéndola, la metía en su seno. Sus compañeros lo seguían recogiendo ora una piedra, ora otra; pero Calandrino no había ido muy lejos antes de tener el seno lleno de piedras; por lo cual, levantando los faldones de su bata, que no estaba cortada a la moda de Flandes,[375] los recogió bien alrededor de su correa por todos lados y se hizo un amplio regazo con ellos. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que lo llenara, y haciéndose un regazo de igual manera con su manto, pronto llenó también este de piedras. En seguida, al ver los otros dos que había cargado su fardo y que se acercaba la hora de comer, dijo Bruno a Buffalmacco, según el plan convenido entre ellos: «¿Dónde está Calandrino?» Buffalmacco, que lo veía bien cerca, se volvió y mirando ora aquí, ora allá, respondió: «No lo sé; pero hace un momento estaba delante de nosotros.» «¿Hace un momento, dices?»
gritó Bruno. —Os aseguro que ahora está en casa, a la mesa, y nos ha dejado aquí haciendo el tonto, buscando piedras negras en el Mugnone. —¡Cáspita! —replicó Buffalmacco—. Ha hecho bien en burlarse de nosotros y dejarnos aquí, pues fuimos bastante necios para creerle. En verdad, ¿quién sino nosotros habría sido tan simple para creer que una piedra de tal virtud había de encontrarse en el Mugnone?
[Nota 375: _es decir_, no cortado en línea recta.]
Calandrino, oyendo esto, creyó que el heliotropo había caído en sus manos y que por virtud de él no le veían, aunque estaba presente con ellos, y regocijándose en extremo por tan buena ventura, no les respondió palabra, sino que determinó volverse; por lo que, tornando atrás, se encaminó a su casa. Bufalmacco, viendo esto, dijo a Bruno: —¿Qué haremos? ¿Por qué no nos marchamos? —Vámonos —respondió Bruno—; mas juro a Dios que Calandrino no me ha de servir otra vez de esta manera, y si estuviera ahora junto a él como lo he estado toda la mañana, le daría tal golpe en las espinillas con esta piedra, que tuviera con qué acordarse de esta burla durante un mes.
El decir esto y soltar la piedra contra las espinillas de Calandrino fue todo uno; y éste, sintiendo el dolor, alzó la pierna y comenzó a bufar y resoplar, pero calló y siguió adelante.
En seguida Buffalmacco tomó uno de los pedernales que había recogido y dijo a Bruno: —Mira este buen pedernal; éste ha de ir para los riñones de Calandrino. Y diciendo esto, soltó el brazo y le asestó un duro golpe en los riñones con la piedra. En fin, de este modo, ya con una palabra, ya con otra, fueron apedreándolo a lo largo del Mugnone hasta llegar a la puerta de San Gallo, donde arrojaron las piedras que habían juntado y se detuvieron un rato en la aduana.
Los oficiales, previamente avisados por ellos, fingieron no ver a Calandrino y lo dejaron pasar, riendo de buena gana de la burla, mientras él, sin detenerse, se encaminó derecho a su casa, que estaba cerca del Canto alla Macina; y la fortuna favoreció tanto el engaño que nadie lo abordó, ni al subir por el arroyo ni después por la ciudad, pues en verdad encontró a pocos, ya que casi todos estaban comiendo. Así pues, llegó a su casa cargado de aquella manera, y quiso la suerte que su esposa, una mujer hermosa y virtuosa, llamada la señora Tessa, estuviera en lo alto de la escalera. Al verlo llegar y algo irritada por su larga demora, comenzó a regañarlo, diciendo: —¡Que el diablo se lleve al hombre! ¿Nunca pensarás en volver a casa a tiempo? Todos ya han comido cuando tú vuelves a comer. —Calandrino, al oír esto y ver que había sido visto, quedó abrumado de disgusto y enojo, y gritó: —¡Ay, malvada mujer que eres! ¿Estabas ahí?
¡Me has deshecho; mas, por la fe de Dios, te lo pagaré! Con esto, corrió a un pequeño salón que tenía y allí descargó el montón de piedras que había traído a casa; luego, arremetiendo furioso contra su mujer, la asió de los cabellos y, arrojándola a sus pies, la abofeteó y pateó por todas partes mientras pudo mover brazos y piernas, sin dejar cabello en su cabeza ni hueso en su cuerpo que no quedara hecho papilla; ni le valió de nada implorarle clemencia con las manos juntas.
Mientras tanto, Bruno y Buffalmacco, después de reír un rato con los guardianes de la puerta, prosiguieron con paso lento para seguir a Calandrino desde lejos, y llegando en seguida a la puerta de su casa, oyeron la cruel paliza que estaba dando a su mujer; por lo cual, fingiendo que acababan de regresar, llamaron a Calandrino, que salió a la ventana, todo sudado y rojo de ira y enojo, y les rogó que subieran. Así que subieron, aparentando estar algo molestos, y al ver la habitación llena de piedras y a la señora, toda desgarrada y despeinada y con el rostro amoratado por los golpes, llorando lastimosamente en un rincón de la estancia, mientras Calandrino estaba sentado en otro, desceñido y jadeando como un extenuado, los miró un rato y luego dijo: —¿Qué es esto, Calandrino? ¿Estás acaso construyendo, que vemos todas estas piedras aquí? ¿Y la señora Tessa, qué le acontece? Parece que la has golpeado. ¿Qué es todo este alboroto?
Calandrino, extenuado por el peso de las piedras y por la furia con que había golpeado a su mujer, no menos que por el despecho de la suerte que le parecía haber perdido, no podía tomar aliento para responderles sino con palabras entrecortadas; por lo cual, como tardase en contestar, Buffalmacco prosiguió: «Oye, Calandrino, cualquiera que sea la otra causa de tu enojo, no deberías habernos engañado como lo has hecho, pues después de habernos llevado contigo a buscar la piedra milagrosa, nos dejaste en el Mugnone, como a un par de bobos, y te marchaste a casa sin decir siquiera “Dios te guarde” o “el diablo te lleve”; lo cual tomamos muy a mal; pero ciertamente esta será la última burla que nos harás».
Con esto, Calandrino, esforzándose, respondió: —Compañeros, no os enojéis; el caso es de otra manera de lo que pensáis. Yo, ¡desdichado de mí!, había encontrado la piedra en cuestión, y oiréis si digo verdad. Cuando al principio os preguntabais unos a otros por mí, estaba a menos de diez varas de distancia de vosotros; pero, viendo que os alejabais y no me veíais, me adelanté y volví aquí, manteniéndome siempre un poco delante de vosotros.
Entonces, empezando desde el principio, les contó todo lo que habían dicho y hecho, de principio a fin, y les mostró cómo las piedras habían castigado su espalda y sus espinillas; tras lo cual, «Y puedo deciros», continuó, «que, cuando entré por la puerta, con todas estas piedras a cuestas que veis aquí, no se me dijo nada, aunque sabéis cuán molestos y pesados suelen ser esos porteros, empeñados en verlo todo; y más aún, que me encontré por el camino con varios de mis amigos y compadres, que aún suelen abordarme e invitarme a beber; pero ninguno de ellos me dijo palabra, no, ni media, como si no me hubieran visto. Una vez llegado a casa, esta maldita mujer endemoniada se presentó ante mí, porque, como sabéis, las mujeres hacen perder la virtud a todo; por lo cual yo, que de otro modo podría haberme llamado el hombre más afortunado de Florencia, me he convertido en el más desdichado.»
Por esto la he golpeado mientras mis puños pudieron menearse, y no sé qué me impide abrirle el gaznate, maldita sea la hora en que la vi por primera vez y en que vino a mí en esta casa. Luego, encendiéndose en nueva cólera, hizo ademán de levantarse y volver a golpearla.
[Nota 376: _Sforzandosi_, es decir, recuperando el aliento con esfuerzo.]
Bruno y Buffalmacco, oyendo todo esto, fingieron maravillarse en extremo y a menudo confirmaban lo que Calandrino decía, aunque mientras tanto tenían tales ganas de reír que estaban a punto de reventar; pero, viéndole levantarse furioso para volver a golpear a su mujer, se le echaron encima y lo contuvieron, afirmando que la señora no tenía culpa alguna, sino que solo debía culparse a sí mismo de lo sucedido, pues sabía que las mujeres hacían perder la virtud a las cosas y no le había dicho que se cuidara de aparecérsele aquel día, y que Dios lo había privado de previsión para prevenir esto, ya porque la aventura no había de ser suya, ya porque había tenido intención de engañar a sus compañeros, a quienes debía haber descubierto el asunto en cuanto percibió que había encontrado la piedra. En fin, tras muchas palabras, hicieron las paces, no sin gran esfuerzo, entre él y la apenada señora, y se fueron, dejándolo desconsolado, con la casa llena de piedras.
CUARTA HISTORIA
[Día Octavo]
El rector de Fiesole amaba a una dama viuda, mas no era amado por ella; y pensando yacer con ella, yace con una sirvienta suya, mientras los hermanos de la dama hacen que el obispo lo halle en ese trance.
Habiendo llegado Elisa al final de su historia, que había relatado con no pequeño placer de toda la compañía, la reina se volvió hacia Emilia y le significó su deseo de que continuara con la suya; por lo que ella comenzó prontamente así: «No he olvidado, nobles damas, que ya se ha mostrado en varias de las historias precedentes cuán expuestas estamos las mujeres a las importunidades de los sacerdotes, frailes y clérigos de toda clase; pero, viendo que no se puede decir tanto de ello que aún no quede más por decir, me propongo, además, contaros una historia sobre un rector que, a despecho de todos, quiso que una gentil dama le quisiera bien, lo quisiera ella o no; y ella, como mujer muy discreta que era, lo trató como merecía.»
Como todos sabéis, Fiesole, cuya colina desde aquí podemos ver, fue en otro tiempo una ciudad muy grande y antiquísima, ni, aunque hoy en día esté del todo arruinada, ha dejado jamás de ser, como todavía lo es, sede de un obispo. Cerca de la iglesia catedral, una viuda de noble cuna, llamada madama Piccarda, tenía una propiedad, donde, por no ser demasiado acomodada, pasaba la mayor parte del año en una casa suya no muy grande, y con ella, dos hermanos suyos, jóvenes muy corteses y dignos. Sucedió que, frecuentando la dama la iglesia catedral y siendo aún muy joven, hermosa y agradable, el rector de la iglesia se enamoró de ella tan profundamente que no podía pensar en otra cosa, y al cabo de un tiempo, atreviéndose a descubrirle su ánimo, le rogó que aceptara su amor y que le amara como él la amaba.
Ahora bien, era ya viejo en años, pero muy joven en entendimiento, descarado, arrogante y presuntuoso en extremo, con modales y maneras llenos de presunción y mala gracia, y con todo tan obstinado y de tan mala condición que no había quien le quisiera bien; y si alguno le tenía en poco, era la dama en cuestión, que no solo no le deseaba un ápice de bien, sino que le aborrecía peor que a las jaquecas; por lo cual, como mujer discreta que era, le respondió: —Señor, que vos me améis debe serme muy grato, pues estoy obligada a amaros y lo haré de buena gana; pero entre vuestro amor y el mío jamás debería acaecer nada indecoroso.
Eres mi padre espiritual y sacerdote, y te hallas ya muy entrado en años; cosas todas que debieran hacerte modesto y casto; mientras que yo, por otra parte, no soy ninguna doncella, ni estos juguetes amorosos convienen a mi presente condición, pues soy viuda, y bien sabéis vos la discreción que se requiere en las viudas; por lo cual os ruego que me tengáis por excusada, pues jamás os amaré a la manera que me pedís; ni deseo ser así amada de vos.
El rector no pudo obtener de ella otra respuesta en aquella ocasión; mas, en modo alguno amedrentado ni desanimado por el primer rechazo, la solicitó una y otra vez con la más insolente importunidad, tanto por carta como por mensaje, y aun de palabra, cuando la veía llegar a la iglesia. Por lo cual, pareciéndole que era demasiada y demasiado grave molestia, pensó en librarse de él de la manera que merecía, ya que no podía de otra forma, mas no quiso hacer nada sin antes haber tomado consejo con sus hermanos. Así pues, les contó el comportamiento del rector para con ella y lo que se proponía hacer, y habiendo recibido de ellos plena licencia, fue unos días después a la iglesia, como solía. Apenas la vio el rector, se le acercó y, con su acostumbrada desfachatez, la abordó con familiaridad.
La señora le recibió con alegre semblante y, apartándose con él a un lado, después de haberle dicho muchas palabras en su acostumbrado estilo, dio un gran suspiro y dijo:
—Señor, he oído que no hay fortaleza tan fuerte que, siendo combatida cada día, no venga al fin a ser tomada; y así puedo muy bien ver que me ha acontecido a mí, pues me habéis cercado tan de cerca con dulces palabras y con una complacencia y otra, que me habéis hecho quebrantar mi propósito, y estoy ya dispuesta, ya que así os agrado, a consentir en ser vuestra.
—Merced os hago, señora —respondió el rector, muy contento—. A decir verdad, muchas veces me he maravillado cómo pudisteis resistir tanto tiempo, considerando que jamás me sucedió cosa semejante con mujer alguna; antes he dicho algunas veces: “Si las mujeres fueran de plata, no valdrían un cuarto, pues ninguna resistiría el martillo.” Mas dejemos esto por ahora. ¿Cuándo y dónde podremos estar juntos?
A lo cual dijo la dama: —Mi dulce señor, en cuanto al cuándo, puede ser a la hora que más nos plazca, pues no tengo marido a quien me cumpla dar cuenta de mis noches; pero en cuanto al dónde, no sé cómo disponerlo. —¿Cómo? —exclamó el cura—. —Pues, en vuestra casa, por cierto. —Señor —respondió la dama—, sabéis que tengo dos hermanos jóvenes que van y vienen por la casa con sus compañeros de día y de noche, y mi casa no es demasiado grande; por lo que no puede ser allí, a menos que uno elija permanecer ahí a guisa de mudo, sin decir palabra ni hacer el menor ruido, y estar a oscuras, a la manera de los ciegos. Si vos os contentáis con hacer esto, podría ser, pues ellos no se entrometen en mi alcoba; pero la suya está tan cerca de la mía que no se puede susurrar la menor palabra sin que sea oída. —Señora —respondió el rector—, esto no nos estorbará por una noche o dos, mientras me pongo a pensar dónde podremos reunirnos más a gusto.
Dijo ella: «Señor, dejadlo a vuestro cargo; mas de una cosa os ruego: que esto permanezca en secreto, de modo que jamás se sepa palabra de ello». —«Señora —respondió él—, no temáis por ello; pero, si puede ser, procurad que nos reunamos esta noche». —«De todo corazón», dijo la dama; y habiéndole indicado cómo y cuándo debía venir, se despidió de él y volvió a casa.