Español
Tenía ahora una sirvienta que no era demasiado joven, pero tenía la faz más fea y de peor parecer que jamás se viera; pues tenía la nariz muy aplastada, la boca toda torcida, los labios gruesos y los dientes grandes y mal puestos; además, bizcaba, y nunca estaba sin los ojos llorosos, y tenía una tez verde y amarilla, que le daba el aire de haber pasado el verano no en Fiesole, sino en Sinigaglia.[378] Además de todo esto, estaba descaderada y un tanto torcida del lado derecho. Su nombre era Ciuta, pero, como tenía semejante cara de perro, todos la llamaban Ciutazza;[379] y aunque era deforme de cuerpo, no carecía de un punto de picardía. La señora la llamó y le dijo: —Oye, Ciutazza, si esta noche me haces un servicio, te daré una buena camisa nueva. Ciutazza, al oír hablar de la camisa, respondió: —Señora, con tal que me dé una camisa, me echaré al fuego, no digamos otras cosas.
—Pues bien —dijo su señora—, quiero que esta noche te acuestes con un hombre en mi cama y lo colmes de caricias, pero ten mucho cuidado de no decir palabra, no sea que te oigan mis hermanos, que, como sabes, duermen en la habitación contigua; y después te daré la camisa. —De todo corazón —respondió Ciutazza—. Me acostaré con media docena de hombres, si fuere menester, y no digamos con uno. Así, al anochecer, el señor rector se presentó según lo convenido, mientras los dos jóvenes, por disposición de la señora, estaban en su dormitorio y se cuidaban muy bien de hacerse oír; por lo cual él entró en la cámara de la señora en silencio y a oscuras, y se encaminó, como ella le había mandado, derechamente a la cama, adonde por su parte acudió Ciutazza, que había sido bien instruida por la señora de lo que tenía que hacer.
Mi señor rector, creyendo tener a su amante a su lado, estrechó a Ciutazza entre sus brazos y se puso a besarla sin decir palabra, y ella a él; con lo cual procedió a consolarse con ella, tomando, como él pensaba, posesión del bien largamente deseado.
[Nota 378: es decir, en la zona palúdica.]
[Nota 379: es decir, la gran y fea Ciuta.]
La dama, hecho esto, encargó a sus hermanos que llevaran a cabo el resto del plan; por lo cual, saliendo de la cámara con sigilo, se encaminaron a la gran plaza, y la fortuna les fue más favorable de lo que ellos mismos pedían en aquello que se proponían hacer, pues, siendo el calor grande, el obispo había preguntado por los dos jóvenes caballeros para ir a recrearse a su casa y beber con ellos. Mas, viéndolos venir, les comunicó su deseo y volvió con ellos a su morada, donde, entrando en un fresco patiecillo de su propiedad, en el cual ardían muchas antorchas encendidas, bebió con gran placer de un excelente vino suyo. Cuando hubo bebido, los jóvenes le dijeron: «Señor, ya que nos habéis hecho la merced de dignaros visitar esta nuestra pobre casa, adonde veníamos a invitaros, querríamos que os pluguiera contemplar una pequeña cosa con la que deseamos mostraros nuestro afecto.»
El obispo respondió que de buen grado; con lo cual uno de los jóvenes, tomando una antorcha encendida en la mano, se dirigió a la cámara donde yacía el señor rector con Ciutazza, seguido del obispo y de todos los demás. El rector, para llegar más pronto al término de su viaje, se había apresurado a montar a caballo y ya había cabalgado más de tres millas antes de que ellos llegaran allí; por lo que, estando algo cansado, no obstante el calor, se había dormido con Ciutazza en brazos. Así pues, cuando el joven entró en la cámara, con la luz en la mano, y tras él el obispo y todos los demás, fue mostrado al prelado en semejante estado; con lo cual despertó, y al ver la luz y a la gente a su alrededor, quedó muy avergonzado y escondió la cabeza por temor bajo las ropas de la cama.
El obispo le echó una buena reprimenda y le hizo sacar la cabeza y ver con quién había yacido; con lo cual el rector, comprendiendo el engaño que la dama le había jugado, y entre esto y la deshonra que le parecía haber recibido, se convirtió de repente en el hombre más afligido que jamás hubiera existido. Luego, habiéndose vestido de nuevo por mandato del obispo, fue despachado a su casa bajo buena guardia, para sufrir dura penitencia por el pecado cometido. Preguntando enseguida el obispo cómo había llegado a ir allí a yacer con Ciutazza, los jóvenes le contaron todo ordenadamente; y habiéndolo oído, alabó mucho tanto a la dama como a sus hermanos, porque, sin querer mancharse las manos en la sangre de un sacerdote, lo habían tratado como merecía.
En cuanto al retor, hízole llorar su ofensa durante cuarenta días; pero el amor y el despecho le hicieron lamentarlo por más de cuarenta y nueve,[380] y es que, durante mucho tiempo después, no podía salir fuera sin que los niños le señalaran y dijeran: «Mirad, ahí está el que se acostó con Ciutazza»; lo cual le era tan enojoso que estuvo a punto de volverse loco por ello. De tal manera la digna dama se libró de la importunidad del descarado retor, y Ciutazza ganó la camisa y una noche alegre.
[380] _Quarantanove_, expresión proverbial para un número indefinido.
LA QUINTA HISTORIA
TRES JÓVENES QUITAN LOS CALZONES A UN JUEZ DE LAS MARCAS EN FLORENCIA, MIENTRAS ESTÁ EN EL TRIBUNAL ADMINISTRANDO JUSTICIA
Habiendo Emilia dado fin a su historia, y habiendo sido la señora viuda alabada por todos, la reina miró a Filostrato y dijo: —Ahora te toca contar a ti. Él respondió presto que estaba dispuesto y comenzó: —Agraciadas damas, la mención que Elisa hizo poco ha de un cierto joven, a saber, Maso del Saggio, me ha hecho dejar una historia que me proponía contaros, para contaros una sobre él y ciertos compañeros suyos, la cual, si (aunque no es en modo alguno indecente) ofrece ciertas expresiones que vosotras os avergonzáis de usar, es, no obstante, tan risible que os la contaré.
Como todos vosotros habréis oído, vienen a menudo a nuestra ciudad gobernadores de la Marca de Ancona, que comúnmente son gente de mezquino espíritu y tan ruin y sórdida de vida que todas sus maneras no parecen sino treta de pordiosero piojoso; y por esta innata mezquindad y avaricia, traen consigo jueces y notarios que parecen hombres sacados de la cola del arado o del banco del zapatero antes que de las escuelas de leyes. Ahora bien, uno de estos, habiendo venido aquí como preboste, entre los muchos jueces que consigo trajo tenía uno que se hacía llamar Messer Niccola da San Lepidio, el cual tenía más aire de calderero que de otra cosa, y fue puesto con los demás jueces para oír causas criminales.
Como acontece a menudo que, aunque los ciudadanos no tengan nada que hacer en los tribunales de justicia, a veces van allí, sucedió que Maso del Saggio fue una mañana en busca de un amigo suyo, y al acaso dirigir la mirada a donde se sentaba dicho Messer Niccola, le pareció que estaba ante una rara y extraña ave salvaje. Así, se puso a examinarlo de pies a cabeza, y aunque lo vio con el birrete de piel de ardilla en la cabeza, todo negro de humo y grasa, y un pobre tintero al cinturón, una toga más larga que su manto y otras muchas cosas ajenas a un hombre de buena crianza y modales, sin embargo, lo más notable de todo, a su juicio, era un par de calzas, cuya parte trasera, al estar el juez sentado, con las vestiduras abiertas por delante por lo ajustadas, percibió que le llegaba hasta media pierna.
Acto seguido, sin demorarse más en contemplarle, dejó a aquel con quien iba buscando, y emprendiendo una nueva demanda, halló luego a dos camaradas suyos, llamados el uno Ribi y el otro Matteuzzo, hombres de la misma loca vena que él, y les dijo: —Si me tenéis aprecio, venid conmigo a los tribunales, que quiero mostraros el espantajo más raro que jamás visteis.
En consecuencia, llevándolos al tribunal, les mostró al susodicho juez y sus calzones, con lo cual se echaron a reír tan pronto como lo vieron de lejos; luego, acercándose al estrado donde estaba sentado el señor juez, vieron que se podía pasar fácilmente por debajo y que, además, las tablas bajo sus pies estaban tan rotas que con gran facilidad se podía meter la mano y el brazo entre ellas; por lo cual dijo Maso a sus compañeros: «Menester es que le quitemos esos calzones del todo, pues muy bien puede hacerse.» Cada uno de los otros ya había visto cómo;[381] por lo cual, habiendo acordado entre sí lo que dirían y harían, volvieron allí a la mañana siguiente, cuando, estando el tribunal muy lleno de gente, Matteuzzo, sin ser visto de nadie, se deslizó debajo del banco y se apostó inmediatamente bajo los pies del juez.
Mientras tanto, Maso se acercó a mi señor juez por un lado y, tomándolo por el faldón de su toga, mientras Ribi hacía lo propio por el otro, comenzó a decir: «Mi señor, mi señor, le ruego por amor de Dios que, antes de que ese ladrón sarnoso que está a vuestro otro lado se vaya a otra parte, haga que me devuelva un par de alforjas de las cuales ha dicho que ciertamente no las tomó; pero lo vi, no hace un mes, en el acto de hacerles poner suela.» Ribi, por su parte, gritó con todas sus fuerzas: «No le crea, mi señor; es un bellaco redomado, y como sabe que yo he venido a presentar una querella contra él por un par de alforjas de que me ha robado, viene ahora con su historia de las polainas, que he tenido en mi casa desde hace muchos días. Si no me cree, puedo traer como testigos a mi vecino de al lado Trecca, y a Grassa la tripera, y a uno que va recogiendo las barreduras de Santa Masia en Verjaza, que lo vieron cuando volvió del campo.»
Maso, por el contrario, no consintió que Ribi hablase, sino que gritó a voz en cuello, con lo cual el otro no hizo sino gritar más. El juez se levantó y se inclinó hacia ellos, para poder entender mejor lo que decían; por lo cual Matteuzzo, acechando su oportunidad, metió la mano por el resquicio de los tablones y, asiendo los gregüescos de Micer Niccola por el fondillo, tiró de ellos reciamente. Los gregüescos se le bajaron al punto, porque el juez era flaco y enjuto de posaderas; y sintiéndolo él, sin saber lo que fuese, quiso volverse a sentar y echarse los faldones por delante para cubrirse; pero Maso de un lado y Ribi de otro aún le tenían bien asido y gritaban: —Señor mío, mal hacéis en no hacerme justicia y en procurar no oírme e iros a otra parte; que no se libran mandamientos en esta ciudad para tan livianas cosas como ésta.
Así diciendo, lo asieron firmemente de la ropa, de suerte que todos los que estaban en el tribunal vieron que sus calzas habían sido bajadas. Sin embargo, Matteuzzo, después de haberlas tenido un rato, las soltó y, saliendo de debajo del estrado, se escabulló del tribunal y se fue por su camino sin ser visto; con lo cual dijo Ribi, pareciéndole que había hecho bastante: «¡Juro a Dios que apelaré al síndico!» Mientras tanto, Maso, por su parte, soltó el manto y dijo: «No, volveré aquí una y otra vez hasta que te encuentre sin estorbos como pareces estar esta mañana.»
Dicho esto, ambos se escaparon lo más rápido que pudieron, cada uno por su lado, mientras el señor juez se subía los calzones en presencia de todos, como si acabara de despertarse de un sueño; luego, al ver cómo estaba el asunto, preguntó adónde habían ido los que estaban en disputa acerca de las calzas y las alforjas; pero no se les halló, por lo que se puso a jurar por las entrañas de Dios que era necesario saber y averiguar si era costumbre en Florencia bajar los calzones a los jueces cuando estaban sentados en el tribunal. El preboste, por su parte, al oír esto, armó gran revuelo; pero, habiéndole hecho ver sus amigos que aquello solo se había hecho para darle a entender que los florentinos comprendían muy bien que, en vez de traer jueces, les había traído pobres pelagatos, por tenerlos más baratos, consideró mejor callarse, y así la cosa no pasó adelante por entonces.
LA SEXTA HISTORIA
[JORNADA OCTAVA]
CAPÍTULO 60: PARTE 60 Segmento 17 de 29. Traduzca solamente este segmento; no resuma ni se refiera a otros segmentos.
BRUNO Y BUFFALMACCO, HABIENDO ROBADO UN CERDO DE CALANDRINO, HÁCENLE PROBAR LA ORDALÍA CON BOLOS DE JENGIBRE Y VINO Y DÁNLE (EN LUGAR DEL JENGIBRE) DOS BOLAS DE PERRO COMPUESTAS CON ÁLOE, POR LO CUAL PARECE QUE ÉL MISMO HA TENIDO EL CERDO Y LE HACEN PAGAR CHANTAJE, NO QUERIENDO ÉL QUE SE LO DIGAN A SU MUJER
Apenas hubo despachado Filostrato su cuento, que había dado lugar a más de una risa, cuando la reina mandó a Filomena que continuara, y ella comenzó: "Graciosas damas, así como Filostrato fue guiado por la mención de Maso a contar la historia que de él habéis oído, así ni más ni menos me mueve a mí la de Calandrino y sus amigos a contaros otra sobre ellos, que para mí será de vuestro agrado.
Quién fuesen Calandrino, Bruno y Buffalmacco no necesito explicaros, pues ya lo habéis oído bastante; por lo tanto, para proseguir con mi historia, debo deciros que Calandrino poseía una pequeña granja a poca distancia de Florencia, que había recibido como dote de su esposa. De esta granja, entre otras cosas que obtenía de ella, recibía cada año un cerdo, y tenía por costumbre ir allí, él y su mujer, a matar el cerdo y salarlo en el mismo lugar. Sucedió un año que, estando su esposa algo indispuesta, fue él solo a matar el cerdo; y oyendo esto Bruno y Buffalmacco, y sabiendo que su mujer no había ido con él a la granja, se dirigieron a un sacerdote, muy gran amigo suyo y vecino de Calandrino, para pasar allí algunos días con él. Ahora bien, Calandrino había matado aquella misma mañana el cerdo, y viéndolos con el sacerdote, los llamó diciendo: —Bienvenidos seáis. Quisiera que vierais qué buen marido soy.
Luego, llevándolos a la casa, les mostró el cerdo; y viéndolo ellos muy bueno y entendiendo por Calandrino que pensaba salarlo para su familia, —¡Válgame Dios! —dijo Bruno—, ¡qué bobo eres! Véndelo, y hagamos fiesta con el dinero, y dile a tu mujer que te lo han robado. —No —respondió Calandrino—, no lo creería, y me echaría de casa. Ahorraos el trabajo, porque nunca lo haré. Y muchas fueron las palabras, pero no valieron de nada.
Calandrino los invitó a cenar, pero tan de mala gana que rehusaron quedarse a cenar y se despidieron de él; entonces dijeron Bruno y Buffalmacco: —¿Qué te parece si esta noche le robamos el cerdo? —¡A fe! —respondió el otro—, ¿cómo podríamos hacerlo? —Bien sé yo cómo —dijo Bruno—, si no lo ha movido de donde estaba hace un momento. —Pues hagámoslo —replicó su compañero—. ¿Por qué no? Después nos regocijaremos con él junto al cura aquí presente. El sacerdote respondió que le placía, y Bruno dijo: —Aquí hace falta un poco de maña. Tú sabes, Buffalmacco, lo tacaño que es Calandrino y cuán a gusto bebe cuando otros pagan; vayamos a llevarlo a la taberna, donde el cura hará como que paga toda la cuenta en nuestro honor y no le dejará pagar nada. Calandrino pronto se embriagará, y entonces podremos arreglarlo fácilmente, pues está solo en casa.
Tal como dijo, así lo hicieron, y Calandrino, viendo que el cura no permitía que nadie pagara, se entregó a la bebida y tomó una buena dosis, aunque no le hacía falta gran cosa para emborracharse. Era ya bastante entrada la noche cuando salieron de la taberna, y Calandrino, sin preocuparse por la cena, fue directamente a su casa, donde, creyendo haber cerrado la puerta, la dejó abierta y se fue a la cama. Buffalmacco y Bruno se fueron a cenar con el cura y, después de la cena, se dirigieron sigilosamente a casa de Calandrino llevando consigo ciertos instrumentos para forzar la entrada, según Bruno había concertado; pero, al encontrar la puerta abierta, entraron y, descolgando el cerdo, se lo llevaron a casa del cura, donde lo guardaron y se fueron a dormir.
Al día siguiente, Calandrino, habiendo dormido los vapores del vino, se levantó por la mañana y, bajando, echó de menos su cerdo y vio la puerta abierta; por lo que preguntó a unos y a otros si sabían quién lo había tomado, y no obteniendo noticia alguna, comenzó a hacer gran alboroto, diciendo: «¡Ay de mí, miserable de mí!», porque le habían robado el cerdo. Tan pronto como Bruno y Buffalmacco se levantaron, se dirigieron a casa de Calandrino, para oír lo que diría acerca del cerdo, y él no bien los vio cuando les llamó, casi llorando, y dijo: «¡Ay de mí, compañeros míos; me han robado mi cerdo!». Entonces Bruno se le acercó y le dijo en voz baja: «Es maravilla que hayas sido sabio por una vez». «¡Ay!», respondió Calandrino, «en verdad digo la verdad». «Eso es lo que has de decir», dijo Bruno. «Haz gran alboroto, para que bien parezca que es tal como dices».
A lo cual, Calandrino se puso a gritar aún más fuerte, diciendo: —¡Cuerpo de Dios, te digo que me lo han robado en verdad! —Bien, bien —replicó Bruno—; así se habla: grita con fuerza, hazte oír bien, para que parezca verdad. —¡Me harías dar el alma al demonio! —dijo Calandrino—. Te lo digo y no me crees. ¡Que me ahorquen si no me lo han robado! —¡Válgame Dios! —exclamó Bruno—. ¿Cómo puede ser? Lo vi aquí ayer mismo. ¿Crees hacerme creer que se ha volado? —Es tal como te digo —dijo Calandrino. —¡Válgame Dios! —repitió Bruno—. ¿Puede ser? —Ciertamente —respondió Calandrino—, así es, y por más señas, estoy perdido y no sé cómo volveré a casa. Mi mujer nunca me creerá; o aunque me crea, no tendré paz con ella en todo el año venidero.
—Así Dios me salve —dijo Bruno—, esto está mal hecho, si es verdad; pero tú sabes, Calandrino, que ayer te aleccioné para que dijeras eso, y no querría que a la vez engañases a tu mujer y a nosotros. Entonces Calandrino se echó a gritar y decir: —¡Ay de mí! ¿Por qué queréis llevarme a la desesperación y hacerme blasfemar contra Dios y los Santos? Os digo que el cerdo me fue robado anoche.
Entonces dijo Buffalmacco: —Si así es en verdad, debemos buscar la manera de recuperarlo, si es que podemos lograrlo. —¿Pero qué medio podemos encontrar? —preguntó Calandrino. Dijo Buffalmacco: —Podemos estar seguros de que no ha venido nadie de las Indias a robarte tu cerdo; el ladrón debe de haber sido alguno de tus vecinos. Si puedes ingeniártelas para reunirlos, yo sé cómo llevar a cabo la ordalía del pan y del queso, y en seguida veremos con certeza quién lo ha tenido. —Ay —intervino Bruno—, harías una bonita cosa con el pan y el queso con tal gente como tenemos por aquí, pues uno de ellos estoy seguro de que ha tenido el cerdo, y olería la trampa y no vendría. —¿Qué haremos, entonces? —preguntó Buffalmacco, y Bruno dijo: —No tenemos más remedio que hacerlo con bolos de jengibre y buen vernage, e invitarlos a beber. No sospecharán nada y vendrán, y los bolos de jengibre pueden ser bendecidos igual que el pan y el queso. Dijo Buffalmacco: —En verdad, dices lo cierto.
¿Qué dices, Calandrino? ¿Lo haremos? —No—respondió el simple—, os ruego por ello, por el amor de Dios; que si supiera quién lo ha tenido, me tendría por medio consolado. —A fe, pues—dijo Bruno—, estoy dispuesto a ir a Florencia, para complacerte, por las cosas antedichas, con tal de que me des el dinero. Tenía Calandrino acaso cuarenta chelines, que le dio, y Bruno, en consecuencia, se fue a Florencia a un amigo suyo, boticario, de quien compró una libra de bolos finos de jengibre y mandó componer un par de bolas de perro con confite fresco de áloe hepático; después hizo cubrir estas últimas con azúcar, como las otras, y les puso una marca secreta por la cual pudiera muy bien conocerlas, de modo que ni se equivocase ni las trocase. Luego, comprando una frasca de buen vernage, volvió al campo, donde estaba Calandrino, y le dijo: —Invita mañana por la mañana a aquellos de quienes sospechas a beber contigo; es día de fiesta y todos vendrán de buena gana.
Mientras tanto, Buffalmacco y yo haremos esta noche el conjuro sobre las píldoras y te las traeremos mañana por la mañana a casa; y por el amor que te tengo, yo mismo te las administraré y haré y diré cuanto se ha de decir y hacer.
[Nota 383: _es decir_, vino blanco, véase p. 372, nota.]
Calandrino hizo como dijo y reunió a la mañana siguiente una buena compañía de jóvenes florentinos que por entonces se hallaban en la aldea y de labradores; con lo cual Bruno y Buffalmacco llegaron con una caja de píldoras y la botella de vino e hicieron que la gente se formara en círculo. Entonces dijo Bruno: —Señores, preciso es que os diga la razón por la cual estáis aquí, a fin de que, si aconteciere algo que no os plazca, no tengáis motivo de quejaros de mí. Calandrino, aquí presente, fue despojado anoche de un hermoso cerdo, y no puede hallar quién se lo ha llevado; y como no puede ser otro que alguno de los aquí presentes quien se lo haya robado, os ofrece a cada uno, para descubrir quién lo ha tenido, comer una de estas píldoras y beber un trago de vino.
Ahora debes saber que quien hubiere tenido el cerdo no podrá tragar la píldora; antes bien, le parecerá más amarga que veneno y la escupirá; por lo cual, antes que se le haga afrenta en presencia de tantos, mejor será que lo cuente al cura por vía de confesión y yo no procederé más adelante en este asunto.