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El erudito, que la entretenía en parlamento para su diversión, respondió:
—Señora, no me has confiado ahora tu honor en mis manos por ningún amor que me tuvieras, sino para recobrar a aquel que has perdido; por lo cual tu acción merece mayor severidad aún; y si piensas que este camino era el único apto y oportuno para la venganza que de mí deseabas, piensas neciamente; mil otros tenía; más aún, mientras fingía amarte, había tendido mil lazos a tus pies, y no habría pasado mucho tiempo, si este azar no hubiese ocurrido, antes de que forzosamente hubieras caído en uno de ellos; y no podrías haber caído en ninguno que no te hubiera causado mayor tormento y vergüenza que este presente, el cual tomé, no para aliviarte, sino para quedar más pronto satisfecho.
Y aunque todo lo demás me hubiese faltado, aún me quedaba la pluma, con la cual habría escrito tales y tantas cosas de ti y de tal modo que, cuando llegases (como habrías llegado) a saber de ellas, mil veces al día te habrías deseado no haber nacido jamás. El poder de la pluma es mucho mayor de lo que imaginan quienes no lo han comprobado por experiencia. Juro a Dios (¡y así me alegre Él hasta el fin de esta venganza que tomo de ti, como me ha alegrado de ella en el principio!) que habría escrito tales cosas de ti, que, avergonzándote, no digo ante otras gentes, sino ante ti mismo, te habrías sacado tus propios ojos, para no verte en el espejo; por lo cual no venga el arroyuelo a echar en cara al mar el haberlo hecho crecer.
De tu amor, o de que tú seas mía, no me curo, como ya he dicho, un ápice; sé tú, si puedes, de aquel cuyo fuiste antes, y a quien, como una vez aborrecí, así al presente amo, teniendo consideración a lo que ha hecho contigo de poco acá. Vosotras las mujeres vais enamoradas de los mozalbetes y codiciáis su amor, porque los veis algo más frescos de color y de barba más negra, y andan erguidos y gallardos y bailan y justan, todo lo cual han tenido los que son algo más entrados en años, y ciertamente éstos saben lo que aquellos han aún de aprender. Además, los tenéis por mejores caballeros y creéis que andan más millas en un día que los hombres de mayor edad.
Ciertamente, confieso que ellos remueven los volantes de una moza con más brío; pero los de más edad, siendo hombres de experiencia, saben mejor dónde pican las pulgas, y poca carne sabrosa es, con mucho, preferible a mucha insípida, tanto más porque el trote duro deshace y cansa a la gente, por joven que sea, mientras que el paso fácil, aunque quizá traiga a uno algo más tarde a la posada, al menos lo lleva allí sin fatiga. Vosotras las mujeres no percibís, animales sin entendimiento que sois, cuánto mal yace oculto bajo esta pequeñez de bella apariencia. Los jóvenes no se contentan con una mujer; antes bien, cuantas ven, tantas desean y de tantas se creen dignos; por lo cual su amor no puede ser estable, y de esto puedes tú ahora mismo, por tu propia experiencia, dar testimonio muy verdadero.
Paréceme que son dignas de ser adoradas y acariciadas por sus amantes, y no tienen mayor gloria que vanagloriarse de aquellas a quienes han poseído; cuyo defecto ha arrojado en otro tiempo a muchas mujeres en brazos de los monjes, que no cuentan cuentos. Aunque tú digas que jamás nadie supo de tus amores, salvo tu doncella y yo, mal lo sabes y crees erradamente, si así piensas. Su barrio[389] no habla de casi nada más, y el tuyo tampoco; pero las más veces el último a cuyos oídos llegan tales cosas es aquel a quien pertenecen. Además, los hombres jóvenes os despojan, mientras que de los maduros os es dado.[390] Pues ya que has elegido mal, sé de aquel a quien te entregaste y déjame a mí, de quien te burlaste, para otros, que yo he hallado una amante de mucho más valer que tú, que ha tenido la cordura de conocerme mejor que tú lo hiciste.
Y para que lleves contigo al otro mundo mayor seguridad del deseo de mis ojos de la que me parece que de mis palabras coliges, no tienes más que arrojarte de inmediato, y tu alma, siendo, como no dudo que será, recibida al punto en los brazos del demonio, podrá ver si mis ojos se turban o no al verte caer de cabeza. Pero, como dudo que consientas en hacerme tanto placer, te aconsejo que, si el sol comienza a quemarte, te acuerdes del frío que me hiciste pasar, el cual, si lo mezclas con el calor susodicho, sin falta sentirás el sol templado.
[Nota 389: _i.e._ el de tu amante.]
[Nota 390: _V'è donato_, _i.e._ los jóvenes amantes esperan recibir dones de sus damas, mientras que los de edad más madura se los otorgan.]
La desconsolada señora, viendo que las palabras del estudiante tendían a un cruel desenlace, tornó a llorar y dijo: —Escuchad, ya que nada de lo que pueda decir os mueve a tenerme lástima, muévaos el amor que profesáis a aquella dama a quien habéis hallado más sabia que yo y de quien decís ser amado, y por el amor de ella perdonadme y traedme mis vestidos para que me vista, y hacedme bajar de aquí. Entonces el estudiante se puso a reír y, viendo que ya había pasado una buena hora de la tercia, respondió: —Por Dios, no sé cómo deciros que no, pues me conjuráis por tal dama; decidme dónde están vuestros vestidos e iré por ellos y os ayudaré a bajar de arriba.
La dama, creyendo esto, quedó algo consolada y le mostró dónde había puesto sus ropas; por lo que él, saliendo de la torre y ordenando a su criado que no se alejara de allí, sino que permaneciera cerca y vigilase con el mayor cuidado que nadie entrase hasta que él regresara, se encaminó a casa de su amigo, donde comió a su gusto y después, cuando le pareció oportuno, se entregó al sueño; mientras la dama, dejada en la torre, aunque algo reconfortada por una vana esperanza, no obstante sumamente afligida, permaneció despierta y, arrimándose a la parte del muro donde había un poco de sombra, se puso a esperar, en compañía de muy amargos pensamientos. Allí permaneció, ora esperando, ora desesperando del regreso del estudiante con sus ropas, y pasando de un pensamiento a otro, no tardó en quedarse dormida, como quien estaba vencida por el dolor y no había dormido nada la noche anterior.
El sol, que era en extremo caluroso, habiendo ya subido al meridiano, daba de lleno y directamente sobre su tierno y delicado cuerpo y sobre su cabeza, que estaba toda descubierta, con tal fuerza que no solo le quemaba la carne dondequiera que la tocaba, sino que la agrietaba y abría toda poco a poco, y tal era el dolor del ardor que la obligó a despertar, aunque dormía profundamente. Sintiéndose asada y moviéndose un poco, le parecía que toda su piel chamuscada se agrietaba y se partía con el movimiento, como vemos que sucede con una piel de oveja chamuscada si alguien la estira; y además la cabeza le dolía tanto que parecía que iba a reventar, lo cual no era de extrañar. Y la plataforma de la torre estaba tan abrasadoramente caliente que no hallaba descanso allí ni para sus pies ni para ninguna otra cosa; por lo cual, sin quedarse quieta, no dejaba de moverse ora de aquí para allá, ora de allá para acá, llorando.
Además, como no había ni un soplo de viento, las moscas y los tábanos acudían allí en enjambres y, posándose sobre su piel agrietada, la picaban tan cruelmente que cada picadura le parecía una estocada de pica; por lo que no cesaba de agitar las manos, maldiciéndose a sí misma, su vida, a su amante y al estudiante.
Hallándose así, por el inefable calor del sol, por las moscas y los tábanos, y asimismo por el hambre, pero mucho más por la sed, y además por mil pensamientos molestos, atormentada, picada y herida en lo vivo, se puso en pie y se puso a mirar si veía u oía a alguien cerca, resuelta, aconteciera lo que aconteciera, a llamarlo y pedirle auxilio. Pero de este recurso también la había privado su adversa fortuna. Todos los labradores se habían retirado de los campos por el calor, tanto más cuanto que ninguno había venido aquel día a trabajar cerca, pues estaban todos ocupados en trillar sus gavillas junto a sus casas; por lo cual no oía sino grillos y veía el Arno, cuya vista, despertando en ella el deseo de sus aguas, no mitigaba su sed, sino que se la aumentaba. En varios lugares veía también espesuras, lugares umbrosos y casas aquí y allá, que todo le era angustia por el deseo de ellos.
¿Qué más diremos de la desventurada dama? El sol en lo alto y el calor de la plataforma bajo sus pies y los aguijonazos de moscas y tábanos por doquier la habían tan maltratado que, si bien con su blancura había vencido la oscuridad de la noche anterior, de pronto se había vuelto roja como el almagre,[391] y, toda encostrada de sangre como estaba, había parecido a cuantos la veían la cosa más inmunda del mundo.
[391] Lit. rojo como la rabia (_rabbia_). Algunos comentaristas suponen que Boccaccio quiso escribir _robbia_, rubia.
Mientras moraba de esta guisa, sin esperanza ni consejo alguno,[392] esperando la muerte más que otra cosa cualquiera, siendo ya pasada la media nona, el escolar, despertando del sueño y acordándose de su amada, volvió a la torre, para ver qué había sido de ella, y envió a su criado, que aún estaba en ayunas, a comer. La dama, oyéndole, vino, toda débil y angustiada como estaba por el grave tormento que había sufrido, frente a la trampilla y sentándose allí, comenzó, llorando, a decir: —En verdad, Rinieri, te has vengado sobremanera, pues, si yo te hice helar en mi patio por la noche, tú me has hecho asar, antes abrasar, en esta torre por el día y morir de hambre y de sed además; por lo cual te ruego por el único Dios que subas aquí y, ya que mi corazón no me permite darme la muerte con mis propias manos, me la des tú, pues la deseo más que cualquier otra cosa, tales y tan grandes son los tormentos que padezco.
O, si no quisieres hacerme ese favor, hazme traer, al menos, una copa de agua, para que pueda humedecer mi boca, para lo cual mis lágrimas no bastan; tan grande es la sequía y el ardor que en ella tengo.'
[Nota 392: _es decir_, recurso (_consiglio_). Véase antes, passim.]
El sabio conoció su debilidad por la voz y asimismo vio, en parte, su cuerpo todo quemado por el sol; por lo cual y por sus humildes plegarias le sobrevino un poco de compasión de ella; pero no obstante respondió: «Mujer perversa, no morirás a mis manos; antes bien, por las tuyas morirás, si tienes voluntad para ello; y de mí tendrás tanta agua para el alivio de tu calor como yo tuve fuego de ti para el consuelo de mi frío. Esto lamento mucho: que, mientras me convenía curar la dolencia de mi frío con el calor de estiércol apestoso, tu calor se curará con el frescor de olorosa agua de rosas; y mientras yo estaba a punto de perder a la vez miembros y vida, tú, desollada por este calor, permanecerás bella no de otra manera que la serpiente, que muda su vieja piel». «¡Ay, desdichada de mí! —exclamó la dama— ¡Dios conceda bellezas así adquiridas a quienes me quieren mal!»
Mas tú, que eres más cruel que cualquier bestia salvaje, ¿cómo pudiste tener corazón para atormentarme de esta guisa? ¿Qué más podría esperar de ti o de cualquier otro, si hubiera dado muerte a todos tus parientes con los más crueles tormentos? Ciertamente, no sé qué mayor crueldad podría infligirse a un traidor que hubiera llevado a toda una ciudad a la matanza, que aquella a la que me has expuesto, haciendo que me ase el sol y me devoren las moscas, y además negándome una copa de agua, cuando a los asesinos condenados por la justicia se les da a menudo, cuando van a la muerte, vino para beber, con tal de que lo pidan. No; ya que te veo firme en tu salvaje crueldad y que mi sufrimiento no vale en nada para conmoverte, me resignaré con paciencia a recibir la muerte, para que Dios, a quien ruego que mire con ojos equitativos este proceder tuyo, tenga misericordia de mi alma.
Diciendo así, se arrastró penosamente hasta el centro del tablado, desesperando de escapar con vida de calor tan intenso; y no una, sino mil veces, además de sus otros tormentos, pensó que desfallecía de sed, sin dejar de llorar y lamentar su desventura. Mas, siendo ya la hora de vísperas y pareciéndole al estudiante que había hecho suficiente, mandó a su criado que tomara las ropas de la infeliz dama y las envolviera en su capa; luego, encaminándose a casa de ella, halló a la doncella sentada ante la puerta, triste y desconsolada y sin saber qué hacer, y le dijo: «Buena mujer, ¿qué ha sido de tu ama?» «Señor —respondió ella—, no lo sé. Pensaba encontrarla esta mañana en la cama donde me pareció verla recogerse anoche; pero no la hallo ni allí ni en parte alguna y no sé qué ha sido de ella; por lo cual siento grandísima inquietud. Mas vos, señor, ¿no podéis decirme algo de ella?»
Dijo él: «¡Ojalá te hubiera tenido a ti junto con ella donde la tuve a ella, para haberte castigado por tu falta como he castigado a ella por la suya! Pero ciertamente no escaparás de mis manos antes de que te haya pagado tus manejos de tal manera que nunca más te burlarás de hombre alguno sin acordarte de mí». Luego, dirigiéndose a su criado: «Dale la ropa —dijo— y dile que vaya a su ama, si quiere». El hombre hizo su encargo y dio la ropa a la criada, la cual, reconociéndola y oyendo lo que Rinieri decía, sintió gran temor de que hubieran matado a su ama y apenas se contuvo de gritar; luego, cuando el estudiante hubo terminado, se encaminó con la ropa hacia la torre, llorando mientras tanto.
Ahora sucedió que uno de los labradores de la dama había perdido aquel día dos de sus puercos, y yendo en busca de ellos, llegó, un poco después de la partida del escolar, a la torre. Mientras espiaba por todas partes por si veía sus cerdos, oyó el lastimero lamento de la miserable dama, y trepando como mejor pudo, gritó: «¿Quién se lamenta ahí arriba?». La dama reconoció la voz de su labrador y llamándolo por su nombre, le dijo: «Por amor de Dios, traedme a mi doncella y disponed que pueda subir hasta aquí». Entonces el hombre, reconociéndola, respondió: «¡Ay, señora! ¿Quién os ha subido allí? Vuestra doncella os ha buscado todo el día; pero ¿quién habría pensado que podíais estar aquí?». Luego, tomando los palos de la escalera, los colocó en su lugar y se dispuso a atar los travesaños con varas de mimbre.
Mientras tanto, acudió la doncella, la cual, no bien hubo entrado en la torre, sin poder ya contener la lengua, se puso a gritar, dándose golpes con las manos: «¡Ay, mi dulce señora, dónde estáis?». La señora, oyéndola, respondió lo más alto que pudo: «¡Oh, hermana mía, aquí arriba estoy! No llores, sino tráeme pronto mis vestidos». Cuando la doncella la oyó hablar, quedó en cierto modo del todo reconfortada, y con la ayuda del labrador, subiendo por la escalera, que ya estaba casi reparada, llegó al desván, donde, al ver a su señora tendida desnuda en el suelo, toda exhausta y pálida, más parecida a un tizón medio quemado que a un ser humano, se clavó las uñas en el rostro y se echó a llorar sobre ella, no de otra manera que si hubiera estado muerta.
La dama le suplicó, por amor de Dios, que callase y la ayudase a vestirse; y al saber por ella que nadie sabía dónde había estado, salvo quienes le habían llevado la ropa y el labrador allí presente, quedó algo consolada y les rogó, por amor de Dios, que jamás dijesen nada de aquello a persona alguna. Luego, tras mucho parlamento, el labrador, tomando a la dama en sus brazos, pues no podía andar, la sacó a salvo de la torre; mas la desdichada doncella, que se había quedado atrás, al bajar con menos cautela, resbaló del pie y, cayendo de la escalera al suelo, se quebró el muslo, con lo que se puso a gritar del dolor, que parecía un león.
El labrador, habiendo puesto a la dama en un trecho de césped, fue a ver qué le ocurría a la doncella, y hallándola con el muslo roto, la llevó también al prado y la colocó junto a su señora, la cual, viendo esto añadido a sus demás pesares y que se había roto el muslo precisamente por quien más que cualquier otro esperaba que la socorriera, quedó afligida sin medida y se puso a llorar de nuevo tan lastimeramente que no sólo el labrador no pudo consolarla, sino que él mismo se puso a llorar asimismo. Pero en seguida, estando ya el sol bajo, a instancias de la desconsolada dama, y para que la noche no los sorprendiera allí, se dirigió a su casa, y allí llamó a su mujer y a dos hermanos suyos, los cuales volvieron a la torre con una tabla, y poniendo en ella a la doncella, la llevaron a casa, mientras él mismo, después de haber confortado a la dama con un poco de agua fría y palabras amables, la tomó en sus brazos y la llevó a su propia cámara.
Su mujer le dio a comer un sopicaldo en vino y, después, desnudándola, la acostó; y aquella noche se las ingeniaron para que ella y su doncella fueran llevadas a Florencia. Allí, la dama, que de ardides y mañas tenía gran abundancia, urdió una historia a su manera, del todo desemejante a lo que había ocurrido, e hizo creer a sus hermanos, hermanas y a todos los demás que todo aquello le había sucedido a ella y a su doncella por arte de hechicerías diabólicas. Llegaron pronto los médicos, quienes, no sin causarle grandísima pena y molestia, curaron a la dama de una fiebre aguda, después de que en una y otra ocasión dejara la piel pegada a las sábanas, y de igual modo sanaron a la doncella de su pierna quebrada. Por lo cual, olvidando a su amante, desde entonces discreta se abstuvo tanto de burlarse de los otros como de amar; mientras el estudiante, al oír que la doncella se había quebrado la pierna, se tuvo por cumplidamente vengado y siguió su camino, contento, sin decir palabra de ello.
Así, pues, le aconteció a la necia joven por sus burlas, pues pensó engañar a un estudiante como habría hecho con otro cualquiera, sin saber que los estudiantes —no diré todos, sino la mayor parte— saben dónde el diablo guarda la cola. Por lo cual, señoras, guardaos de burlaros de la gente, y especialmente de los estudiantes.
LA OCTAVA HISTORIA
[Día Octavo]
DOS HOMBRES, SIENDO COMPAÑEROS, YACE UNO CON LA MUJER DE SU CAMARADA; EL CUAL, APERCIBIÉNDOSE DE ELLO, OBRA CON ELLA DE TAL MODO QUE EL OTRO QUEDA ENCERRADO EN UN COFRE, SOBRE EL CUAL YACE CON SU MUJER, ESTANDO ÉL DENTRO MIENTRAS TANTO.
Las tribulaciones de Elena habían sido molestas y penosas de oír para las damas; sin embargo, por cuanto estimaban que en parte le habían acaecido con justicia, las sobrellevaron con compasión más moderada, aunque tuvieron al estudiante por terriblemente severo y obstinado, antes cruel. Pero, habiendo llegado Pampinea al final de su historia, la reina encargó a Fiammetta que prosiguiera, y ella, nada reacia a obedecer, dijo: —Amables damas, pues me parece que la severidad del estudiante ofendido os ha afligido en cierto modo, tengo por bien consolar vuestros ánimos alterados con algo más divertido; por lo cual me propongo contaros una breve historia de un joven que recibió una injuria con espíritu más benigno y la vengó de manera más moderada, para que comprendáis que, cuando un hombre se dispone a vengar una injuria recibida, le debe bastar con dar tanto como ha recibido, sin buscar causar daño más allá de lo que la venganza requiere.
Debes saber, pues, que hubo una vez en Siena, según he oído contar antaño, dos jóvenes en situación bastante desahogada y de buenas familias de la ciudad, de los cuales uno se llamaba Spinelloccio Tanena y el otro Zeppa di Mino, y eran vecinos de puerta en puerta en Camollia. Estos dos jóvenes seguían andando juntos y queriéndose, a todas luces, como si hubieran sido hermanos, o mejor aún; y cada uno de ellos tenía una mujer muy hermosa. Sucedió que Spinelloccio, a fuerza de frecuentar mucho la casa de Zeppa, tanto cuando este estaba en casa como cuando andaba fuera, se hizo tan íntimo de su mujer, que acabó por yacer con ella, y de esta manera estuvieron un buen tiempo, antes de que nadie se diera cuenta.
Pero, al fin, un día, hallándose Zeppa en casa, sin saberlo su mujer, Spinelloccio fue a llamarle, y la señora dijo que estaba fuera; por lo que el otro subió derechamente a la casa, y encontrándola en la sala y no viendo a nadie más allí, la tomó en sus brazos y se puso a besarla, y ella a él. Zeppa, que vio esto, no hizo señal alguna, sino que se quedó oculto para ver en qué pararía el juego, y al poco vio a su mujer y a Spinelloccio irse, así abrazados, a una cámara y encerrarse en ella; de lo cual se enojó mucho. Pero, sabiendo que su agravio no se haría menor por dar voces ni por otra cosa, antes la vergüenza crecería con ello, se puso a pensar qué venganza tomaría de aquello, de modo que su alma quedara contenta, sin que el asunto se supiera por todas partes, y pareciéndole, después de larga consideración, haber hallado el medio, permaneció oculto mientras Spinelloccio estuvo con su mujer.