Part 4
La historia precedente está narrada casi con las mismas palabras en que la escuché contar en una reunión del Concejo en la antigua ciudad de Manhattoes, a la que asistieron muchos de sus más sabios e ilustres burgueses. El narrador era un viejo agradable, desaliñado y caballeroso, vestido de sal y pimienta, con un rostro tristemente humorístico, y a quien sospeché firmemente que era pobre, pues hacía tantos esfuerzos por ser entretenido. Cuando concluyó su historia, hubo muchas risas y aprobación, especialmente de dos o tres tenientes de alcalde que habían estado dormidos la mayor parte del tiempo. Sin embargo, había un caballero alto, de aspecto seco, con cejas pobladas, que mantuvo un rostro grave y bastante severo durante todo el tiempo, de vez en cuando cruzando los brazos, inclinando la cabeza y mirando al suelo, como si estuviera sopesando una duda en su mente. Era uno de esos hombres cautelosos que nunca ríen sin buenas razones, cuando tienen la razón y la ley de su lado. Cuando la alegría del resto de la compañía se hubo calmado y se restauró el silencio, apoyó un brazo en el codo de su silla y, poniendo el otro en jarras, preguntó, con un leve pero sumamente sabio movimiento de cabeza y una contracción del ceño, cuál era la moraleja de la historia y qué pretendía demostrar.
El narrador, que justo llevaba una copa de vino a sus labios como refresco tras sus fatigas, se detuvo un momento, miró a su interrogador con un aire de infinita deferencia y, bajando lentamente la copa a la mesa, observó que la historia pretendía demostrar de manera muy lógica:
—Que no hay situación en la vida que no tenga sus ventajas y placeres, siempre que aceptemos la broma tal como la encontramos.
—Que, por lo tanto, quien corre carreras con soldados duendes probablemente tendrá una cabalgata difícil.
—Ergo, que a un maestro de escuela rural se le niegue la mano de una heredera holandesa es un paso seguro hacia un alto cargo en el estado.
El cauto anciano frunció el ceño diez veces más después de esta explicación, muy perplejo por la raciocinación del silogismo, mientras, me pareció, el de la ropa de sal y pimienta lo miraba con algo de una sonrisa triunfante. Al final, observó que todo eso estaba muy bien, pero aún así pensaba que la historia era un poco extravagante; había uno o dos puntos sobre los que tenía sus dudas.
—Fe, señor —respondió el narrador—, en cuanto a eso, yo mismo no creo ni la mitad. D. K.
FIN.
“Stories of the world, in your language.”