CHAPTER XXV
EL TELÓN
Y el jardín secreto florecía y florecía, y cada mañana revelaba nuevos milagros. En el nido del petirrojo había huevos, y la compañera del petirrojo se sentaba sobre ellos, manteniéndolos calientes con su pequeño pecho plumoso y sus alas cuidadosas. Al principio estaba muy nerviosa, y el propio petirrojo vigilaba con indignación. Incluso Dickon no se acercaba a la esquina de la maleza espesa en aquellos días, sino que esperaba hasta que, por el obrar silencioso de algún hechizo misterioso, parecía haber transmitido al alma de la pequeña pareja que en el jardín no había nada que no fuera del todo como ellos mismos; nada que no comprendiera la maravilla de lo que les estaba sucediendo: la inmensa, tierna, terrible y desgarradora belleza y solemnidad de los Huevos. Si hubiera habido una sola persona en ese jardín que no hubiera sabido en todo su ser más íntimo que si un Huevo fuera quitado o lastimado el mundo entero giraría y se estrellaría por el espacio y llegaría a su fin; si hubiera habido siquiera uno que no lo sintiera y actuara en consecuencia, no podría haber habido felicidad ni siquiera en aquel aire dorado de primavera. Pero todos lo sabían y lo sentían, y el petirrojo y su compañera sabían que ellos lo sabían.
Al principio el petirrojo observaba a Mary y a Colin con aguda ansiedad. Por alguna razón misteriosa sabía que no necesitaba vigilar a Dickon. En el primer momento en que posó su ojo negro brillante como el rocío sobre Dickon, supo que no era un extraño, sino una especie de petirrojo sin pico ni plumas. Podía hablar petirrojo (que es un lenguaje muy distinto que no puede confundirse con ningún otro). Hablar petirrojo a un petirrojo es como hablar francés a un francés. Dickon siempre se lo hablaba al propio petirrojo, así que el extraño jerigonza que usaba cuando hablaba con los humanos no importaba lo más mínimo. El petirrojo pensaba que les hablaba ese jerigonza porque no eran lo bastante inteligentes para entender el habla emplumada. Sus movimientos también eran de petirrojo. Nunca sobresaltaban a uno por ser súbitos al punto de parecer peligrosos o amenazantes. Cualquier petirrojo podía entender a Dickon, así que su presencia ni siquiera era perturbadora.
Pero al principio pareció necesario estar en guardia contra los otros dos. En primer lugar, la criatura varón no entraba al jardín sobre sus piernas. Era empujado en una cosa con ruedas y se le echaban encima pieles de animales salvajes. Eso en sí era dudoso. Luego, cuando empezó a ponerse de pie y a moverse, lo hizo de una manera extraña y poco habitual, y los otros parecían tener que ayudarle. El petirrojo solía esconderse en un arbusto y observar esto con ansiedad, inclinando la cabeza primero a un lado y luego al otro. Pensaba que los movimientos lentos podrían significar que se preparaba para abalanzarse, como hacen los gatos. Cuando los gatos se preparan para abalanzarse, se deslizan por el suelo muy despacio. El petirrojo habló de esto mucho con su compañera durante unos días, pero después decidió no mencionar el tema, porque el terror de ella era tan grande que temía que pudiera ser perjudicial para los Huevos.
Cuando el muchacho empezó a caminar por sí solo e incluso a moverse más rápido, fue un inmenso alivio. Pero durante mucho tiempo —o eso le pareció largo al petirrojo— fue motivo de cierta ansiedad. No actuaba como los otros humanos. Parecía muy aficionado a caminar, pero tenía la costumbre de sentarse o tenderse un rato y luego levantarse de manera desconcertante para volver a empezar.
Un día el petirrojo recordó que cuando sus padres lo obligaron a aprender a volar, él había hecho casi lo mismo. Había dado vuelos cortos de unos pocos metros y luego había tenido que descansar. Así que se le ocurrió que ese muchacho estaba aprendiendo a volar —o más bien a caminar—. Se lo mencionó a su compañera, y cuando le dijo que los Huevos probablemente se comportarían de la misma manera después de emplumar, ella quedó bastante consolada e incluso se interesó con avidez y obtuvo gran placer observando al muchacho por el borde de su nido; aunque siempre pensaba que los Huevos serían mucho más listos y aprenderían más rápido. Pero entonces dijo con indulgencia que los humanos eran siempre más torpes y lentos que los Huevos, y la mayoría de ellos nunca parecía realmente aprender a volar. Nunca los encontrabas en el aire ni en las copas de los árboles.
Después de un tiempo el muchacho empezó a moverse como los otros, pero los tres niños a veces hacían cosas poco usuales. Se ponían bajo los árboles y movían brazos, piernas y cabeza de un modo que no era caminar, ni correr, ni sentarse. Hacían estos movimientos a intervalos cada día, y el petirrojo nunca pudo explicar a su compañera qué estaban haciendo o tratando de hacer. Solo podía decir que estaba seguro de que los Huevos nunca aletearían de esa manera; pero como el muchacho que hablaba petirrojo con tanta fluidez hacía la cosa con ellos, los pájaros podían estar bien seguros de que las acciones no eran de naturaleza peligrosa. Por supuesto, ni el petirrojo ni su compañera habían oído hablar nunca del campeón de lucha libre, Bob Haworth, y sus ejercicios para hacer que los músculos sobresalieran como bultos. Los petirrojos no son como los seres humanos; sus músculos siempre se ejercitan desde el principio, y así se desarrollan de manera natural. Si tienes que volar por ahí para encontrar cada comida que comes, tus músculos no se atrofian (atrofiar significa consumirse por falta de uso).
Cuando el muchacho caminaba y corría y cavaba y desherbaba como los otros, el nido en la esquina era cobijado por una gran paz y contento. Los temores por los Huevos quedaron en el pasado. Saber que tus Huevos estaban tan seguros como si estuvieran encerrados en una bóveda de banco, y el hecho de que pudieras observar tantas cosas curiosas sucediendo, hacían de incubar una ocupación muy entretenida. En los días lluviosos, la madre de los Huevos a veces se sentía incluso un poco aburrida porque los niños no entraban al jardín.
Pero aun en los días húmedos no podía decirse que Mary y Colin se aburrieran. Una mañana en que la lluvia caía sin cesar y Colin empezaba a sentirse algo inquieto, pues se veía obligado a permanecer en su sofá porque no era seguro levantarse y caminar, Mary tuvo una inspiración.
—Ahora que soy un muchacho de verdad —había dicho Colin—, mis piernas y mis brazos y todo mi cuerpo están tan llenos de Magia que no puedo estarlos quietos. Quieren estar haciendo cosas todo el tiempo. ¿Sabes que cuando despierto por la mañana, Mary, cuando es muy temprano y los pájaros apenas están gritando afuera y todo parece gritar de alegría, hasta los árboles y las cosas que en realidad no podemos oír? Pues siento como si tuviera que saltar de la cama y gritar yo también. ¡Y si lo hiciera, imagínate lo que pasaría!
Mary rio a carcajadas desmesuradamente.
—La enfermera vendría corriendo y la señora Medlock vendría corriendo y estarían seguras de que te habías vuelto loco y mandarían llamar al médico —dijo.
Colin rio también. Podía ver cómo se verían todos: horrorizados por su arrebato y asombrados de verlo de pie.
—Ojalá mi padre volviera a casa —dijo—. Quiero decírselo yo mismo. Siempre estoy pensando en eso, pero no podríamos seguir así mucho más tiempo. No aguanto estar tendido y fingir, y además ya me veo demasiado distinto. Ojalá hoy no lloviera.
Fue entonces cuando la señorita Mary tuvo su inspiración.
—Colin —comenzó misteriosamente—, ¿sabes cuántas habitaciones hay en esta casa?
—Unas mil, supongo —respondió él.
—Hay como cien a las que nadie va nunca —dijo Mary—. Y un día lluvioso fui y miré en muchísimas de ellas. Nadie lo supo, aunque la señora Medlock estuvo a punto de descubrirme. Me perdí al volver y me detuve al final de tu corredor. Esa fue la segunda vez que te oí llorar.
Colin se incorporó en su sofá.
—Cien habitaciones a las que nadie va —dijo—. Suena casi como un jardín secreto. Supongamos que vamos a verlas. Podrías empujarme en mi silla y nadie sabría adónde fuimos.
—Eso estaba pensando —dijo Mary—. Nadie se atrevería a seguirnos. Hay galerías donde podrías correr. Podríamos hacer nuestros ejercicios. Hay un pequeño cuarto indio donde hay un gabinete lleno de elefantes de marfil. Hay toda clase de habitaciones.
—Toca la campana —dijo Colin.
Cuando entró la enfermera, él dio sus órdenes.
—Quiero mi silla —dijo—. La señorita Mary y yo vamos a ver la parte de la casa que no se usa. John puede empujarme hasta la galería de cuadros porque hay algunas escaleras. Luego debe irse y dejarnos solos hasta que lo mande llamar de nuevo.
Las mañanas lluviosas perdieron su terror aquella mañana. Cuando el lacayo hubo empujado la silla hasta la galería de cuadros y los dejó solitos en obedecimiento a las órdenes, Colin y Mary se miraron encantados. En cuanto Mary se aseguró de que John iba realmente de regreso a sus habitaciones en la planta baja, Colin bajó de su silla.
—Voy a correr de un extremo de la galería al otro —dijo—, y luego voy a saltar y después haremos los ejercicios de Bob Haworth.
Y hicieron todas esas cosas y muchas más. Miraron los retratos y encontraron a la pequeña muchacha sencilla vestida de brocado verde y con el loro en el dedo.
—Todos estos —dijo Colin— deben de ser mis parientes. Vivieron hace mucho tiempo. Aquella del loro, creo, es una de mis tataratatarabuelas. Se parece bastante a ti, Mary, no como te ves ahora sino como te veías cuando llegaste. Ahora estás mucho más gorda y más guapa.
—Lo mismo tú —dijo Mary, y ambos rieron.
Fueron al cuarto indio y se entretuvieron con los elefantes de marfil. Encontraron el tocador de brocado color de rosa y el agujero en el cojín que había dejado el ratón, pero los ratones habían crecido y huido y el agujero estaba vacío. Vieron más habitaciones y hicieron más descubrimientos de los que Mary había hecho en su primera peregrinación. Encontraron nuevos corredores y rincones y tramos de escaleras y viejos cuadros nuevos que les gustaron y extraños objetos viejos cuyo uso ignoraban. Fue una mañana curiosamente entretenida, y la sensación de deambular por la misma casa con otras personas pero al mismo tiempo sentir como si uno estuviera a millas de distancia de ellas era algo fascinante.
—Me alegro de que vinimos —dijo Colin—. Nunca supe que vivía en un sitio tan grande y tan raro y viejo. Me gusta. Vamos a vagar así todos los días lluviosos. Siempre estaremos encontrando rincones y cosas raras nuevas.
Esa mañana habían encontrado, entre otras cosas, tan buen apetito que cuando volvieron a la habitación de Colin no fue posible mandar el almuerzo sin tocar.
Cuando la enfermera bajó la bandeja la dejó con golpe sobre la alacena de la cocina para que la señora Loomis, la cocinera, viera los platos y fuentes muy pulidos.
—¡Miren eso! —dijo—. Esta es una casa de misterio, y esos dos niños son los mayores misterios de ella.
—Si siguen así todos los días —dijo el forzudo lacayo joven John—, no sería extraño que hoy pesara el doble de lo que pesaba hace un mes. Tendría que dejar mi puesto con el tiempo, por miedo a hacerme daño en los músculos.
Aquella tarde Mary notó que algo nuevo había ocurrido en la habitación de Colin. Lo había notado el día anterior pero no dijo nada porque pensó que el cambio podía haberse hecho por casualidad. Hoy no dijo nada pero se sentó y miró fijamente el cuadro sobre la repisa de la chimenea. Podía mirarlo porque la cortina había sido descorrida. Ese era el cambio que notó.
—Sé lo que quieres que te diga —dijo Colin, después de que ella hubo mirado unos minutos—. Siempre sé cuando quieres que te diga algo. Te estás preguntando por qué está descorrida la cortina. Voy a dejarla así.
—¿Por qué? —preguntó Mary.
—Porque ya no me da rabia verla reír. Me desperté hace dos noches, cuando había una luz de luna muy clara, y sentí como si la Magia llenara la habitación y lo volviera todo tan espléndido que no podía quedarme quieto. Me levanté y miré por la ventana. La habitación estaba bastante iluminada y había un trozo de luz de luna en la cortina y, de algún modo, eso hizo que fuera a tirar del cordón. Me miró directamente, como si se estuviera riendo porque le alegraba que yo estuviera allí de pie. Me gustó mirarla. Quiero verla reír así todo el tiempo. Creo que debió de ser una especie de persona mágica, quizá.
—Ahora te pareces tanto a ella —dijo Mary—, que a veces pienso que quizá eres su fantasma convertido en niño.
Esa idea pareció impresionar a Colin. Le dio vueltas y luego le respondió lentamente.
—Si yo fuera su fantasma... mi padre me querría —dijo.
—¿Quieres que te quiera? —preguntó Mary.
—Antes lo odiaba, porque no me quería. Si llegara a quererme, creo que le hablaría de la Magia. Quizá lo haría más alegre.
“Stories of the world, in your language.”