CHAPTER VI
«¡ALGUIEN LLORABA... ¡SÍ, SÍ, ALGUIEN LLORABA!»
Al día siguiente volvió a llover a torrentes, y cuando Mary miró por su ventana, el páramo estaba casi oculto por la niebla gris y las nubes. No podría salir aquel día.
—¿Qué hace tu familia en la casita cuando llueve así? —preguntó a Martha.
—Sobre todo, procurar no estorbarse unos a otros —respondió Martha—. ¡Bah! Entonces sí que parecemos muchos. Madre es una mujer de buen carácter, pero se agobia. Los mayores salen al establo de las vacas y juegan allí. A Dickon no le importa la lluvia. Sale igual que si estuviera luciendo el sol. Dice que los días de lluvia ve cosas que no se muestran cuando hace buen tiempo. Una vez encontró un zorrito medio ahogado en su madriguera y lo trajo a casa en el pecho de la camisa para darle calor. Habían matado a su madre cerca de allí, la madriguera estaba inundada y el resto de la camada había muerto. Todavía lo tiene en casa. Otra vez encontró un cuervo joven medio ahogado y también lo trajo a casa y lo domesticó. Le llama Hollín, porque es muy negro, y brinca y vuela con él a todas partes.
Había llegado el momento en que Mary había olvidado ya su resentimiento por la charla familiar de Martha. Incluso empezaba a encontrarla interesante y a sentir pena cuando Martha se callaba o se iba. Las historias que le contaba su aya cuando vivía en la India no se parecían en nada a las que Martha sabía contar sobre la casita del páramo, donde vivían catorce personas en cuatro habitaciones pequeñas y no siempre tenían suficiente para comer. Los niños parecían revolcarse y entretenerse como una camada de cachorros de collie, rudos y de buen natural. Mary se sentía muy atraída por la madre y por Dickon. Cuando Martha contaba historias de lo que «madre» decía o hacía, todo sonaba siempre muy acogedor.
—Si yo tuviera un cuervo o un zorrito, podría jugar con él —dijo Mary—. Pero no tengo nada.
Martha pareció perpleja.
—¿Sabes hacer punto? —preguntó.
—No —respondió Mary.
—¿Sabes coser?
—No.
—¿Sabes leer?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no lees algo o aprendes un poco de ortografía? Ya tienes edad de aprender muchas cosas de los libros.
—No tengo libros —dijo Mary—. Los míos se quedaron en la India.
—Qué lástima —dijo Martha—. Si la señora Medlock te dejara entrar en la biblioteca, allí hay miles de libros.
Mary no preguntó dónde estaba la biblioteca, porque de pronto se le ocurrió una idea nueva. Decidió ir a buscarla ella misma. No le preocupaba la señora Medlock. La señora Medlock parecía estar siempre en su cómodo cuartito de ama de llaves, en la planta baja. En aquel extraño lugar casi nunca se veía a nadie. De hecho, no había nadie que ver, salvo los criados, y cuando su amo estaba fuera, llevaban una vida lujosa en la planta baja, donde había una cocina enorme, llena de relucientes objetos de latón y de peltre, y un gran comedor de servicio donde se hacían cuatro o cinco comidas abundantes al día y donde se organizaban bulliciosos juegos cuando la señora Medlock no estaba por allí.
Las comidas de Mary se servían con regularidad y Martha la atendía, pero nadie se preocupaba lo más mínimo por ella. La señora Medlock venía a verla cada dos días, pero nadie le preguntaba qué hacía ni le decía lo que debía hacer. Supuso que quizá aquella era la manera inglesa de tratar a los niños. En la India, siempre había estado atendida por su aya, que la seguía a todas partes y la servía por pies y por manos. A menudo se había cansado de su compañía. Ahora no la seguía nadie, y estaba aprendiendo a vestirse sola, porque Martha ponía cara de pensar que era tonta y estúpida cuando quería que le diera las cosas o la ayudara a ponérselas.
—¿Es que no tienes sentido común? —le dijo una vez, cuando Mary se quedó esperando a que le pusiera los guantes—. Nuestra Susan Ann es dos veces más lista que tú, y solo tiene cuatro años. A veces pareces tonta de remate.
Mary frunció el ceño, contrariada, durante una hora después de aquello, pero la hizo pensar en varias cosas completamente nuevas.
Esta mañana se quedó en la ventana unos diez minutos, después de que Martha barriera el hogar por última vez y bajara. Estaba pensando en la nueva idea que se le había ocurrido al oír hablar de la biblioteca. No le importaba mucho la biblioteca en sí, porque había leído muy pocos libros, pero el oír hablar de ella le trajo a la memoria las cien habitaciones con las puertas cerradas. Se preguntaba si estarían realmente cerradas con llave y qué encontraría si pudiera entrar en alguna. ¿Había realmente cien? ¿Por qué no ir a ver cuántas puertas podía contar? Sería algo que hacer aquella mañana, ya que no podía salir. Nunca le habían enseñado a pedir permiso para hacer las cosas, y no sabía nada en absoluto sobre la autoridad, así que no le habría parecido necesario pedir permiso a la señora Medlock para pasear por la casa, aunque la hubiera visto.
Abrió la puerta de su habitación y salió al corredor, y entonces empezó sus vagabundeos. Era un corredor largo que se ramificaba en otros corredores y la llevaba por cortos tramos de escaleras que subían a otros más. Había puertas y más puertas, y cuadros en las paredes. A veces eran paisajes oscuros y curiosos, pero lo más frecuente eran retratos de hombres y mujeres con extraños y suntuosos trajes de raso y terciopelo. Se encontró en una galería larga cuyas paredes estaban cubiertas de aquellos retratos. Nunca había pensado que pudiera haber tantos en una casa. Caminó lentamente por aquel lugar y se quedó mirando los rostros que parecían también mirarla a ella. Le pareció que se preguntaban qué hacía una niña de la India en aquella casa. Algunos eran retratos de niños: niñas con gruesos vestidos de raso que les llegaban a los pies y se abultaban a su alrededor, y niños con mangas abullonadas, cuellos de encaje y pelo largo, o con grandes gorgueras al cuello. Se detenía siempre a mirar a los niños y a preguntarse cómo se llamarían, adónde habrían ido y por qué vestían ropas tan raras. Había una niña pequeña, rígida y sencilla, bastante parecida a ella. Llevaba un vestido de brocado verde y tenía un loro verde posado en el dedo. Sus ojos tenían una mirada curiosa y penetrante.
—¿Dónde vives ahora? —le dijo Mary en voz alta—. Ojalá estuvieras aquí.
Seguramente ninguna otra niña había pasado una mañana tan extraña. Parecía que no había nadie en toda la enorme casa irregular, salvo ella misma, vagando de arriba abajo, por pasadizos estrechos y anchos, por donde le parecía que solo ella había caminado jamás. Puesto que se habían construido tantas habitaciones, la gente debía de haber vivido en ellas, pero todo parecía tan vacío que no podía creérselo del todo.
No fue hasta que subió al segundo piso cuando pensó en girar el pomo de una puerta. Todas las puertas estaban cerradas, como había dicho la señora Medlock, pero por fin puso la mano en el pomo de una de ellas y lo giró. Por un momento casi se asustó al sentir que giraba sin dificultad y que, cuando empujaba la puerta, esta se abría lenta y pesadamente. Era una puerta maciza que daba a un gran dormitorio. Había colgaduras bordadas en las paredes, y muebles con incrustaciones como los que había visto en la India estaban distribuidos por la habitación. Una amplia ventana con cristales emplomados miraba al páramo, y sobre la repisa de la chimenea había otro retrato de la niña rígida y sencilla que parecía mirarla con más curiosidad que nunca.
—Quizá durmió aquí alguna vez —dijo Mary—. Me mira tanto que me hace sentir rara.
Después de aquello abrió más puertas y más puertas. Vio tantas habitaciones que se cansó bastante y empezó a pensar que debía de haber cien, aunque no las había contado. En todas había cuadros antiguos o tapices viejos con escenas extrañas bordadas. En casi todas había curiosos muebles y curiosos adornos.
En una habitación que parecía un saloncito de dama, las colgaduras eran todas de terciopelo bordado, y en un armario había unos cien elefantes pequeños de marfil. Eran de diferentes tamaños, y algunos tenían sus mahouts o palanquines a la espalda. Algunos eran mucho más grandes que los otros, y algunos eran tan diminutos que parecían bebés. Mary había visto marfil tallado en la India y sabía todo sobre los elefantes. Abrió la puerta del armario y, subida a un taburete, estuvo jugando con ellos bastante tiempo. Cuando se cansó, colocó los elefantes en orden y cerró la puerta del armario.
En todos sus vagabundeos por los largos corredores y las habitaciones vacías no había visto nada vivo, pero en aquella habitación vio algo. Justo después de cerrar la puerta del armario oyó un pequeño ruido susurrante. La hizo saltar y mirar hacia el sofá que había junto a la chimenea, de donde parecía provenir. En el rincón del sofá había un cojín, y en el terciopelo que lo cubría había un agujero, y del agujero asomaba una cabecita con un par de ojos asustados.
Mary se acercó sigilosamente a mirar. Los brillantes ojos pertenecían a un ratoncito gris, y el ratoncito había hecho un agujero en el cojín y se había construido un nido cómodo allí. Seis ratoncitos bebés dormían acurrucados junto a ella. Si no había nadie más vivo en las cien habitaciones, había siete ratones que no parecían sentirse nada solos.
—Si no estuvieran tan asustados, me los llevaría conmigo —dijo Mary.
Había vagado ya lo bastante como para sentirse demasiado cansada para seguir vagando, y dio media vuelta. Dos o tres veces se perdió al tomar el corredor equivocado y se vio obligada a deambular arriba y abajo hasta encontrar el correcto; pero por fin llegó de nuevo a su piso, aunque estaba a cierta distancia de su habitación y no sabía exactamente dónde se encontraba.
—Creo que he vuelto a equivocarme de camino —dijo, deteniéndose en lo que parecía el final de un pasadizo corto con tapices en la pared—. No sé por dónde ir. ¡Qué quieto está todo!
Fue mientras estaba allí, justo después de decir aquello, cuando la quietud se rompió con un sonido. Era otro llanto, pero no se parecía del todo al que había oído la noche anterior; era solo un lamento corto, un quejido infantil y malhumorado, amortiguado por las paredes.
—Está más cerca que antes —dijo Mary, con el corazón latiendo bastante deprisa—. Y _sí_ está llorando.
Puso la mano sin querer sobre el tapiz que tenía cerca, y entonces dio un salto hacia atrás, sobresaltada. El tapiz cubría una puerta que se abrió y le mostró que había otra parte del corredor detrás, y la señora Medlock subía por él con su manojo de llaves en la mano y una expresión muy enfadada en la cara.
—¿Qué haces aquí? —dijo, y cogió a Mary por el brazo y la apartó—. ¿Qué te dije?
—Me equivoqué de esquina —se explicó Mary—. No sabía por dónde ir y oí que alguien lloraba.
En aquel momento odió a la señora Medlock bastante, pero al momento siguiente la odió aún más.
—No has oído nada de eso —dijo el ama de llaves—. Vuelve ahora mismo a tu cuarto de niños o te voy a dar una bofetada.
Y la cogió por el brazo y medio empujándola, medio tirando de ella, la subió por un pasadizo y la bajó por otro, hasta que la metió a empujones por la puerta de su propia habitación.
—Ahora —dijo—, te quedas donde te digan que te quedes o te encontrarás encerrada. Mejor será que el amo te busque una institutriz, como dijo que haría. Eres de las que necesitan que alguien las vigile de cerca. Ya tengo bastante con lo mío.
Salió de la habitación y dio un portazo, y Mary fue a sentarse en la alfombra del hogar, pálida de rabia. No lloró, pero apretó los dientes.
«¡Sí había alguien llorando... ¡sí... ¡sí!», se dijo a sí misma.
Ya lo había oído dos veces, y algún día lo descubriría. Había descubierto muchas cosas aquella mañana. Sentía como si hubiera hecho un largo viaje, y en cualquier caso había tenido algo con lo que entretenerse todo el tiempo, y había jugado con los elefantes de marfil y había visto al ratón gris y a sus bebés en su nido del cojín de terciopelo.
“Stories of the world, in your language.”